El pañuelo

–¡Cariño, ya estoy en casa! –dijo Alberto abriendo la puerta.
–Estoy en la cocina chiqui –contestó Evelin.
–Qué me ha hecho hoy mi mujercita de comida que huele tan bien –dijo Alberto acercándose a la vitrocerámica.
-Paella -contestó Evelin y se dieron un cariñoso beso.
-¡Huy!, cada vez esta mejor mi tortuguita -dijo Alberto cogieniéndola de la cintura por detrás ajustándose a su anatomía.
-Déjame que luego llego tarde al trabajo -dijo ella luchando por desasirse de su marido.
-A ver si cambias de trabajo, no me gusta pasar las tardes solo.
-¿Y por qué no cambias tú? -dijo ella.
-Mi trabajo es intocable -dijo él.
-Bueno, no empecemos otra vez chipironcito.
-Siempre me dejas solo cuando más te necesito -insistía él.
-Guarda tus energías para la noche -dijo insinuante ella.
-Pero dame un adelanto -imploraba él.
-No puedo, déjame que llegaré tarde, no seas pegajoso.  ¡Ah!  por cierto esta noche tengo junta de accionistas a las siete en el Hotel Eurobuilding, llegaré a las diez.
-Porque no asistas tú no se va a hundir la compañía, ¿no, tortuguita?
-Cierto, pero me gusta saber como invierten mi dinero.
-¿Y es necesario que te pongas tan guapa para asistir a una reunión de viejos decrépitos? Me voy a poner celoso.
-Simplemente es un traje de chaqueta, no es para tanto.
-Que te sienta muy bien, y además de ajustado, la falda es corta.
-¡Moro!
-¿Y ese pañuelo de seda al cuello, en llamativos colores? Estás para que te atraquen.
-Me lo regalaste tú, es el de Picasso ¿no te acuerdas cariño?
-Evelin no vayas, no te van a echar de menos, ni se va a hundir la bolsa sin tu presencia.
-Ya lo se, pero me gusta saber de primera mano como van mis acciones. Ten paciencia, luego será  más intenso. Chao mi chipironcito -dijo Evelin dando los morritos a su marido y salió a toda prisa. En verdad, la daba rabia tener un trabajo a distintas horas que Alberto, pero le gustaba su trabajo, se sentía bien, podía llevar a los niños al colegio, arreglar la casa, hacer la comida, etc.  Además sólo trabajaba de dos y media a ocho. No se puede tener todo.

Llegaron las ocho y Evelin en lugar de coger el coche para ir  a la Junta, pensó mejor dejarlo aparcado y cogió el bus de la línea 27, ya que sólo había cuatro paradas desde su trabajo hasta el hotel. En la siguiente parada el autobús se llenó de gente, iban como sardinas.  Entraron dos chicos de muy buen ver con acento argentino, y uno el más guapo en uno de los arranques se abalanzó literalmente sobre Evelin, echándola una mochila por delante y dejándola casi inmovilizada, maniobra que le hizo sospechar. Inmediatamente Evelin echó mano a su bolso de piel,  solamente cerrado por la presión de dos botones imantados, y cuál no sería su sorpresa, que casi atrapa la mano del guapo argentino, intentando conseguir su cartera.  Evelin no se pudo callar y sin complejo alguno, dijo en voz alta:
-Eres un ladrón, has intentado robarme la cartera -a lo que el guapo mozo de la mochila contestó:
-Yo, pero señora a mi que me registren.
-Pero oiga no me niegue eso, que le he cogido la mano intentando abrir mi bolso -los viajeros miraban entre incrédulos y asustados.  Las señoras desconfiadas aprisionaban sus bolsos por si acaso, y el conductor del autobús aunque revisaba por el rabillo del ojo el retrovisor, no dejaba de prestar atención al tráfico.

<<Menos  mal que me he dado cuenta -pensaba Evelin- si no me echo la mano al bolso en ese instante, me había robado la cartera y me habría hecho la puñeta.  Estos extranjeros, la mayoría sólo vienen a robar, desde luego estamos padeciendo una invasión entre sudacas, negros, polacos, marroquíes… ¡válgame Dios!  Y la mayoría no nos traen nada bueno, que hijo de puta, estoy temblando, cómo que me ha hecho sentir miedo el cabrón, y encima lo niega, será hijo de la Gran Bretaña. Nada no se puede salir sin coche, a lo que hemos llegado, y menos mal que he sido lista>>.

Una vez en el hotel Eurobuilding, Evelin se dirigió al mostrador.
-Buenas noches, la junta de accionistas de Indra, por favor.
-¡Buenas noches!, en el salón B al fondo, ¿tiene la invitación? -Evelin se la entregó.
-Muy bien pase.
En ese momento, instintivamente, Evelin miró para atrás y vio en el pasillo como el argentino a varios metros de distancia, la enseñaba con  recochineo su pañuelo de seda de Picasso, se miró y dijo entre dientes:
-¡Hijo de puta!
-¿Decía algo señora? -quiso interesarse la amable azafata desde el mostrador.
-No nada…

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