Lo siento (II)

Días después, me mandaron a la cárcel, por comprar de manera fraudulenta unos CDs de David Bustamente en unos grandes almacenes.  Cómo iba a saber que te podían condenar a cárcel por pagar con unos billetes “no originales”.  La verdad es que no eran para mí.  Y como no estaba dispuesto a gastar mi dinero en pseudomúsica, imprimí unos billetes que me quedaron bastante bien, pero debe ser que topé con el empleado del mes y me delató.  Si me habían pillado con las manos en la masa, era lógico que me mandasen a la cárcel, con una condena de dos años que estoy cumpliendo religiosamente, aunque a lo mejor, de haber sabido que me podían meter en la cárcel por esto, los habría intentado robar directamente.
Hace unos días tuve una pelea con una interna, porque quería que le dejara mi barra de labios y yo naturalmente me negué, porque antes tengo que saber si esa reclusa no es hipócrita.  Entonces no sé por qué hubo mucho follón en  el patio, total que se organizó una pelea colectiva y vino la Eulalia con el silbato y la porra, una carcelera tipo Arnold Schwarzenegger, que a golpes de porra y toques de silbato resuelve todos los conflictos, como principal implicada me mandó tres días a la celda de castigo, no hace falta que diga que es un zulo pequeño y oscuro donde casi no cabes estirada, pero a mí no me importaba estar allí tranquila durmiendo cinco días,  lo peor para mí era la oscuridad y le dije a la carcelera que me dejara algo de luz, aunque fuese una linterna o una rendija, porque no soporto la oscuridad para dormir, pero ella se negó en redondo y con muy mala leche, me dejó allí sin luz tres largos días con sus interminables noches, y antes de irse me dijo:
-¿Sabes que, pija de mierda?  No me sale los cojones dejarte ni una raya de luz y vas a estar aquí, sin comer ni beber y sin luz los cinco días, por follonera.
Yo me la quedé mirando y antes de cerrar el zulo me miró riendo y con retintín me dijo LO SIENTO.
En esos días ideé un plan que cumplí a rajatabla, me llevó siete días organizarlo, justo el viernes siguiente que me tocó servir la comida, la pobre murió de una sobredosis de cocaína que le eché en el puré de verduras.
Mientras aquí estoy resignada cumpliendo mis tres últimos meses de condena por “robar” unos discos para mi sobrino.
Y es que como se puede decir con la boca LO SIENTO cuando con la cara y los ojos se está diciendo lo contrario.

Lo siento

Señores miembros del jurado,

Con esta carta me dirijo a ustedes, desde la celda número 43, con la seguridad de que una vez leída mi carta, van a comprender que tuve verdaderos motivos para hacer lo que hice.  Si hay algo que no soporto en esta vida es la hipocresía, sí los hipócritas, esos que te dicen una cosa cuando en realidad están pensando otra.
El día en que a mi padre le dio un amago de infarto, le llevé en mi coche al hospital, con la urgencia que el caso requería.  Y…ya saben sus señorías cómo funcionan las urgencias, que son de todo menos urgentes, así que desde que dejas al enfermo hasta que te dan noticias de él, han pasado tres horas.  Con las prisas me olvidé de que había dejado el coche allí mismo casi a la entrada, en un lugar que indica claramente -de eso me di cuenta después- “sólo ambulancias”.   De pronto me acordé del coche y cuando salí a retirarlo, allí estaba el guardia delante de mi coche indicándole a la grúa cómo proceder.  Me acerqué rápidamente y le dije que no se lo llevara, alegando en mi defensa las circunstancias, pero claro, él no me hizo ningún caso.  Entonces yo le dije que no hacía falta, que ya estaba allí y me podía llevar el coche sin molestar a nadie.  Él se enrocaba, diciendo que ya había llamado a la grúa, pero…que podíamos llegar a un acuerdo, si le pagaba cuatrocientos euros, para decirle a la grúa que se fuera.  Sintiéndome culpable, le pagué religiosamente al agente los cuatrocientos euros, para poder disponer de nuevo de mi antiguo y precioso coche.  Sin embargo, antes de irme, miré cómo el tipo aquel, estaba contando con total avaricia mis doscientos euros.  Él se percató de que le estaba mirando y con un gozo tal, que se le alegró hasta su silbato, y con una gran sonrisa y una ávida mueca me dijo: <<LO SIENTO…>> Le pedí el número de placa después de tal afrenta, pero no me lo dio, así que, como no quería pararme a discutir con él, estando mi padre aún ingresado, me dediqué a seguirlo, para ver en qué comisaría paraba.  A la tarde, fui a ver cómo estaba mi padre.  Llegué justo antes de que cerraran la UVI y me dijeron que pasaría allí la noche.
El caso es que al final se recuperó, pero no se me olvidaba la cara del agente aquel, por lo que le seguí durante dos días para saber dónde vivía y espié todos su movimientos.
Un día, esperé a que se parase a desayunar como siempre en el mismo bar, y le corté el cable de los frenos de la moto de gran cilindrada, que paseaba mirando por encima del hombro.  Me enteré que murió ese mismo día en acto de servicio al recibir un impacto de un autobús de la EMT.
Y es que cómo se puede ser tan hipócrita y decir “LO SIENTO” cuando la cara que tenía mientras le estaba pagando la multa, era de todo, menos de sentirlo.

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Visita inesperada (II)

Clavó los ojos en el móvil, y temblandole las piernas ante este anuncio se sentó en la cama. Comprobó el teléfono y era un número oculto.
Mentalmente repasó todas sus amistades y pocos conocían su número. De los que lo conocían, no encontró a nadie que tuviera humor para gastarle una broma así. Tal vez sería algún tío desequilibrado o despechado que intentaba burlarse o vengarse de ella ¿pero quién? Beatriz había menospreciado a muchos hombres, pues a pesar de encontrar a varios que le encendían la mecha, había estado perdidamente enamorada una vez, hasta que se dio cuenta de que era parte de un triángulo amoroso junto con su mejor amiga. Desde entonces decidió romper con su amiga, todas sus amigas comunes y todos los hombres, dando lugar a un periodo de incertidumbre en su vida amorosa, del que aún se estaba reponiendo.
Estaba en estas cavilaciones con el móvil en la mano, cuando volvió a sonar. Era otro mensaje que decía: “No te escapas”.
El silencio le cosía un nudo en el estómago, sintió un escalofrío y agarrotada en la cama se agarró fuerte a las sábanas, no dejando ninguna parte de su cuerpo sin tapar. Pensó llamar a la policía, pero…¿y si era una broma? Tendría que dejar todos sus datos, y esperar que vinieran… También pensó en llamar a algún vecino, pero vivía en un círculo muy cerrado, y el único vecino con quien trataba, muy a su pesar, era Enrique, que poco podría hacer ante un caco.
Para romper el silencio encendió otra vez la televisión, pero no dejaba de mirar de reojo por la habitación, le pareció oír a alguien en el descansillo y apagó la tele. Descalza y con los ojos como platos, se fue hacia la puerta, puso el ojo derecho en la mirilla, y vio salir del ascensor un hombre alto y fuerte con gorro de lana negro que entraba en el apartamento de Enrique.
–¡Qué raro! –se dijo para dentro Beatriz y siguió pensando –a lo mejor es que Enrique ha vendido el apartamento, aunque seguro que habría hecho lo imposible por venir a despedirse de mí.
Regresó a su habitación, y volvió a encender la tele, pasados unos minutos oyó, como si alguien estuviera metiendo la llave en la cerradura. Se quedó rígida, no sabía si ir a la cocina a por un cuchillo, o esconderse en el armario, pero sus piernas no la obedecían. <<¡Tranquilízate Bea!>> se dijo. Le pareció oír como si se abriera la puerta. Desesperada buscaba el móvil entre las sábanas. Por fin lo vio en la mesilla junto con las llaves, le pareció oír pasos, con manos incontroladas intentó marcar el 061, pero ya no le dio tiempo. Tenía enfrente de ella, allí en el dormitorio, al hombre que había entrado en la casa de Enrique.
–Hola Beatriz, soy David el hermano gemelo de Enrique –se parecían a rabiar, sólo que éste no tenía bigote y andaba con sus propias piernas.
–¿Qué hace aquí? ¿como ha entrado? –preguntó Beatriz estupefacta queriendo hacerse la valiente delante de aquel tío con gorro negro de lana, y de ojos penetrantes y fríos iguales que los de Enrique.
–Eso no es lo más importante ahora.
–Enrique nunca me dijo…
–¡Sí, ya sé! Tú no sabías que Enrique tenía un hermano…¿verdad? Pues ya ves, y somos como dos gotas de agua. Y no me ha gustado nada lo que me ha dicho mi hermano de ti. Dice que has sido una chica mala con él… ¡pobrecillo! –decía el intruso con sarcasmo.
–¿Qué quiere? –dijo Beatriz agarrándose todavía más fuerte a las sábanas.
–¿No lo adivinas? –dijo sacando lentamente una pistola del bolsillo.
Beatriz con el móvil en la mano intento marcar el 061 pero él se lo tiró de una patada.
–¡Demasiado tarde Bea!, ahora vas a pagar todo lo que le has hecho sufrir a mi hermano. ¡Tú!, que le desprecias, ¡pobrecillo!, lleva dos años soñando contigo, y tú le ignoras, porque está en silla de ruedas.
–¿Qué quiere de mí? –pregunto Beatriz consciente de que estaba delante de un hombre peligroso y desequilibrado.
–¿Todavía no lo adivinas? –decía jugando con la pistola.
–¡Por favor!, quiero ver a tu hermano –dijo ella para ganar tiempo.
–Te repito, demasiado tarde. Mi hermano ha sufrido mucho con tu desdén, ¿sabes? Tiene un alma muy sensible, pero aquí estoy yo para vengarle –y agarrándola por el escote de la camisa se la quitó de un tirón.
–¡Por favor, por favor!, no me haga daño –imploraba Beatriz.
–Eso…depende de ti –contestó encañonándola mientras rodeaba su cama acercándose cual león rodea a su presa–. Claro que…si eres amable conmigo –decía mientras le rozaba con la pistola el pezón de un pecho– puede que no pase nada, y quizás mi hermano te perdone. Mmm…desnuda estas mejor que vestida.
Beatriz estaba en tensión, le temblaba todo el cuerpo. Por un lado era imposible relajarse en aquellas circunstancias mientras sentía el frío hierro de la pistola en su piel, pero por otro lado tenía que obedecer a aquel salido si quería seguir viva. Armándose de valor, y aunque no le obedecían las piernas, con una gran sangre fría, cuando vio que él con una mano sujetaba la pistola y con la otra empezaba a quitarse los pantalones, decidió tomar la iniciativa:
–Siento haberle hecho daño a tu hermano, y te pido perdón por ello, pero que yo sepa al que he rechazado es a él. En realidad, puede que no necesites la pistola –dijo mientras le ponía la mano en el bello del pecho. Por un momento, esto le hizo relajar la tensión del brazo con el que sujetaba el arma, pero reaccionó con un violento gesto:
–¡Déjate de carantoñas y túmbate en la cama! –dijo él imperativamente.
–¡Espera David! si vamos a hacerlo, siempre me ha gustado poner música para estas cosas -y, temblando como una colegiala, sabiéndose rehén de un loco, quiso poner la tele, pero él la desenchufó diciendo:
–¿Quién te ha dicho que quiero que estés cómoda?
Beatriz obedeció, y él un poco nervioso, no tardó en desabrocharse los pantalones. Mientras sujetaba la pistola con fuerza, intentaba abrir de piernas a Beatriz para penetrarla y aunque ella se resistía débilmente, consiguió hacerse con la situación. Beatriz había pasado trances difíciles, pero este era el peor de su vida, estaba a punto de vomitar, pero comprendió que estaba jugando con un tipo peligroso y debía actuar con serenidad si valoraba en algo su vida. Cuando él iba a llegar al orgasmo, se relajó unos segundos y cerró los ojos echando la cabeza hacia atrás, momento que aprovechó Beatriz para quitarle la pistola, y golpearle con ella en la cabeza. Le dio el tiempo justo a reponerse del golpetazo, cuando vació sobre él todo el cargador, hasta que cayó desplomándose sobre ella.
La policía tardó treinta minutos en llegar al apartamento diecisiete. Beatriz estaba totalmente desnuda y llena de sangre acurrucada en un rincón con el móvil en una mano y la pistola en la otra. Al llegar, uno de los policías le puso un vestido y se la llevaron a la comisaría mientras otros tomaban muestras y fotos del cadáver.
Según averiguó la policía más tarde, hacía dos meses que Enrique había ido a operarse a estados unidos. Le habían hecho un trasplante de médula ósea y había podido volver a sujetarse sobre sus propias piernas, tiempo en el cual elaboró, de manera maquiavélica y morbosa, su venganza contra Beatriz.

Visita inesperada

Beatriz vivía en el ático, de un clásico edificio de los años 70, en una zona céntrica de la ciudad. Todas las mañanas se levantaba para ir al gimnasio, con la esperanza de mantener su cuerpo de medidas casi perfectas. Su piso era pequeño, pero muy bonito, pues lo tenía decorado a su antojo. Solía encontrarse todos los días con Enrique, el del A, un hombre fuerte y con bigote, que lucía algo de calva y se quería hacer el gracioso siempre que la veía. Empezó a salir antes de casa para no verle porque le parecía un poco baboso. Las veces que había venido a su casa para pedirle algún favor de vecino, la miraba desde su silla de ruedas que la desnudaba. Según le había contado él muchas veces, había sido piloto y como consecuencia de un accidente llevaba dos años sin poder mover las piernas, pero eso a ella lejos de crearle compasión le generaba aún más rechazo. Seguramente debido a su interesante rostro y una inteligencia superior a la media que le creaban una sensación de seguridad mayor sobre sus posibilidades reproductivas.
Al volver del gimnasio, tomaba una larga ducha de agua caliente, comía algo rápido, y se vestía para ir a trabajar. Su trabajo no le aportaba una gran satisfacción personal, pero sí una agradable recompensa económica, que ella daba por buena.
Tras una larga jornada, una voz por megafonía anunciaba el cierre en unos grandes almacenes en los que Beatriz trabajaba en la sección de perfumería. Había tenido un día agotador, atendiendo a clientas con más dinero del que pueden gastar, y más pesadas figuradamente que literalmente. No podía más. Aunque sus clientas le hacían engordar su complementos de productividad en nómina, estaba harta de viejas exigentes, y tenía la cabeza a punto de estallar.
–¡Por fin viernes! –exclamó para sí, y acto seguido cogió el móvil para quedar con sus amigas y distraerse un rato. Recubrirse de endorfinas era la salida fácil y puede que recibir eventualmente algún cumplido significaba lo contrario de su trabajo. En vez de tener que vender y obtener negativas o reclamaciones, era ella la que tenía siempre la razón. Según se acercaban los pretendientes, ella los iba despachando a costa de los múltiples y perfectamente esgrimidos argumentos que ofrecían a favor de su compañía.

Eran las dos de la mañana cuando metía el coche en el garaje de su casa. No era miedosa, pero siempre le imponía un poco salir del coche, a esas horas en la soledad del garaje, atravesar columnas y coches solitarios para llegar al ascensor en un silencio absoluto, sólo roto por el rítmico sonar de sus tacones. Sin querer miraba de reojo a ambos lados del garaje, cuando de pronto oyó como un pequeño ruido y miró para atrás. Le pareció ver alguna sombra, pero no vio a nadie. Se sintió observada por ojos silenciosos y movida por la inseguridad, y los efectos del vino, aligeró el paso. A esas horas, el silencio estremecía al más valiente, los veinte metros que separaban el coche del ascensor se le hicieron interminables. Por fin cogió el ascensor y respiró al cerrarse la puerta que la dejó en la decimoséptima planta. Ya en casa, dejó el bolso y la chaqueta, y se fue a la cocina, abrió el frigorífico y enrolló una loncha de queso light en otra loncha de jamón york y se lo comía mientras se quitaba el maquillaje con una toallita.
Minutos después se tumbó bocarriba en el sofá, quitándose los zapatos con los pies. No tenía fuerzas para más. Movida por la costumbre encendió la tele. Repasó la larga lista de canales sin detenerse mucho en ninguno. Cuando se convenció de que ningún programa iba a reportarle beneficios comparables con el sueño, la apagó y con la misma ropa que traía despanzurrada en el sofá, en seguida se quedó dormida. Estaba en el primer sueño cuando le despertó el teléfono escandalosamente. Jurando en arameo descolgó el auricular y no contestó nadie.
–¡Joder!, ¿quién será el cabrón que me despierta a estas horas para nada? –dijo Beatriz colgando el teléfono, que aprovechó para quitarse la ropa de calle mientras seguía jurando en arameo, se puso una amplia camiseta blanca de algodón y se fue a la cama.
A la media hora, cuando el reloj de la mesilla marcaba las cuatro menos veinte y ya estaba a punto de dormirse de nuevo, volvió a sonar el teléfono.
–¿Quién eres? ¿Qué quieres? –preguntó con ganas de matar a alguien, pero sólo escuchó unos jadeos como a lo lejos, colgó con un golpe y se preguntó en voz alta:
–¿Quién será el capullo que intenta darme la noche?
Se acurrucó en la cama pensativa. Estaba loca por dormir y algún mal nacido quería joderla. Pasados unos minutos se levantó y fue a mirar por si se había olvidado de echar la llave.
<<Tengo que instalar un seguro por dentro>> pensó mientras ponía un ojo sobre la mirilla. No vio a nadie y se volvió a meter en la cama y se quedó mirando el techo. Como movida por un resorte se incorporó y miró debajo de la cama. De repente se dio cuenta de lo ridículo que resultó, pues hacía mucho que ya no hacía esas cosas, así que sonrió, apagó la luz, y se volvió a meter entre las sábanas.

Bruscamente sonó su móvil, con manos temblorosas lo buscó dentro del bolso, lo miró y vio que recibió un mensaje: “Estoy tan cerca de ti que puedo oler tu perfume de violetas”

· · ·

La merienda (II)

<<La verdad es que después del corte que me dio el niño, no me quedaron ganas de volver a reprocharles nada de sus juegos.  Vi impotente cómo saltaban en la cama o cogían mis  cosas.  Así que me puse a preparar la cena para Fernando y cuando terminé, fui a llamar a Begoña porque ya eran las ocho y tenían que cenar e irnos a buscarle al aeropuerto, que llegaba en el vuelo de las diez>>.  Estaba Paloma en estos pensamientos cuando sonó el teléfono.
–¿Sí? –dijo deseosa de que fuera ella.
–Hola Paloma, perdona que ya llego.  Me he entretenido un poco, pero en en seguida estoy en tu casa, ¿vale?
–¡Venga Begoña!, que tengo que ir a recoger a mi marido y tenemos que salir en menos de una hora –le dijo para meterla prisa– ¿Quieres que le dé de cenar a Álvaro?
–¡Ay!, pues si lo haces te lo agradezco guapa, que he tenido una reunión y hemos salido tardísimo.
–Vale, pero date prisa.
–Venga, ¡hasta ahora!
<<Pero qué reunión tendrá a estas horas, si además es profe de música…¡En fin, Paloma, no te metas en la vida de los demás!  Por lo menos parece que iba corriendo porque tenía la voz acalorada>>.
–Vamos chicos, ¡a cenar! –<<a ver con qué me sorprende ahora, pero bueno, a todos los niños les gusta la tortilla de patatas>>.
–¿Qué hay de cenar? –gritó su hijo desde la habitación.
–¡Vienes y lo ves! –<<siempre me hacía lo mismo, como si hubiera posibilidad de que no viniera a cenar si no le gustara>>.
–Álvaro, tenemos tortilla de patatas para cenar, ¿te gusta?
–Sí, me gusta mucho –respondió sin mucho entusiasmo.  <<Pero mi madre a qué juega.  Tendría que haber venido ya a por mí.  No es que no me guste jugar con Adri, pero prefiero estar con ella.  Que yo sepa siempre me porto bien y hago los deberes y de vez en cuando se va por ahí y me tengo que quedar con algún amigo porque no está en casa.  O aunque no estemos en casa, por qué no me lleva con ella, si yo le acompaño de mil amores.  Seguro que la mamá de Adri no tiene ni idea>>.
–Perdona Paloma, ¿sabes cuándo vendrá mi madre? –preguntó después de estar un rato callado pensativo.
–Si Álvaro, me acaba de llamar y me ha dicho que viene en seguida, que se le ha alargado la reunión.
Estaban terminando de cenar cuando Begoña llamó la timbre.
–¡Hola Paloma!  No sabes cuánto te lo agradezco.
–Nada mujer, si Álvaro es un cielo y además a Adrián le encanta jugar con amiguitos, como es hijo único, se lo pasa muy bien siempre que viene alguien a jugar.
–Bueno, ya te devolveré el favor algún otro día, ¿ha traído algo del cole?
–No, sólo el abrigo.  Voy a por él –Se fue a buscar a Álvaro– Ya ha llegado tu madre, voy a por tu abrigo.
–Vale –dijo fríamente, y salió de la cocina pasando de largo la puerta de la entrada.
–Álvaro que estoy aquí –dijo su madre.
Callado se fue al baño a lavarse las manos y volvió para coger su abrigo de manos de su madre.
–Hola mamá –Se giró hacia Paloma y le dio las gracias por todo, se despidió de Adrián hasta mañana y se fue con su madre.
–¡Adiós Begoña!
–Adiós, y ¡gracias!
Ya en el ascensor le dijo Álvaro a su madre:
–Mamá, me gusta que pases el tiempo conmigo.
–Ya cariño, a mí también.  ¿Es que no te lo has pasado bien con Adrián?
–Sí, es majo, pero prefiero ir contigo.  La próxima vez, me puedes llevar contigo.  <<¿Dónde habrá estado?, noto algo raro.  Está claro que es ella, por la voz y eso, pero tiene algo diferente, o será esta casa, que me ha aturdido con tanta calefacción>>.
–Pero cariño, hoy no te podía llevar.  ¿Te acuerdas que te dije que a lo mejor ponía una tienda de música?  Pues hoy he ido a hablar con un señor que está dispuesto a ayudarme a montar el negocio.
–¿Ah sí?  Y cuando la tengas podría ir allí a jugar con los instrumentos.
–Hombre Álvaro, no podrías jugar con todos, la gente los espera recibir nuevos, sobretodo los de viento.
–¡Ja, ja, ja! Es verdad, pero bueno, sí que podría practicar con el piano, ¿no?
–Bueno, alguno te dejaré, y te podrás quedar el que más te guste, ¿quieres?
–¡Qué guay mamá!
Mientras, Paloma intentaba apresurarse.
–¡Venga hijo!  Voy a recoger, que hay que ir a por papá.  ¡Vete vistiéndote!
Camino del aeropuerto, Adrián se quedó dormido, así que se quedó esperando a Fernando en el coche y le avisó para que saliera a donde estaban ellos.
Fernando era muy cariñoso y le saludaba con un achuchón como de costumbre, y de camino a casa no hablaron muy alto para no despertar a Adrián.  Le preguntó por el viaje y luego Fernando le preguntó por el chico.
Cuando llegaron a casa, metieron a su hijo en la cama, sin que se despertara y le ofreció la cena.
–¿Quieres que te lo caliente un poco?  Yo creo que aún está templado.
–No, ven aquí mejor –Le agarró por la cintura y la atrajo hasta él.
–¿Qué haces?  Que está el niño durmiendo…
–¡Pues ahora vas a ver!
Al final la cena se quedó en el plato hasta la mañana siguiente que se levantó con mucha hambre y ganas de hacerle el desayuno a los dos.
Llevaron a Adrián al colegio y fueron a pasar la mañana por ahí.  Fueron a ver una galería de arte de un amigo suyo y no paraba de hacerle carantoñas mientras Paloma, que entendía mucho de arte pues siempre le había interesado mucho, le explicaba los matices de las pinturas.  Había pintado varios oleos sobre lienzo, pero nunca le interesó venderlos ni sacarle partido.  Después fueron de compras y comieron en un caro restaurante.
A la tarde, Fernando quiso ir a por Adrián para llevarle él mismo la merienda.
–¡Hola Adrián!  ¿Qué tal?
–Hola papá, muy bien, hoy hemos tenido olimpiada de matemáticas.
–¿Ah sí?  Bueno…y eso, ¿en qué consiste?
–Pues nos ponen por parejas y tenemos que resolver problemas de mates enfrentándonos con otras parejas.
–¡Anda!  ¡Qué bien!  ¿Y tú con quién has ido?
–Con Álvaro, mira, ¡díselo tú! –le dijo a Álvaro, señalándolo.
Álvaro, hizo como que miraba a Fernando y le preguntó:
–¿Eres el papá de Adrián?
–Sí, soy yo, ¿me conoces?
–Sí, ¡seguro que alguna vez le has visto! –interrumpió Adrián metiendo la pata.
–Uf, me extrañaría que le hubiera visto… –Entonces Adrián empezó a reír, y en seguida se rieron los 3 juntos, aunque Álvaro se río solo por fuera, mientras pensaba <<Lo que he hecho es olerle, en otra parte…>>.
–¡Adrián! –gritó Begoña desde lo lejos.  Su llamada captó la atención de los 3 y Álvaro se calló de sopetón y gritó:
–¡Mamá! –Y se fue corriendo hacia ella.
–¡Hola hijo!, ¿qué tal? –le preguntó Begoña.
–¡Muy bien!, ¿nos vamos a casa?
–Sí, claro.
Se acercó Adrián y con cara de entusiasmo le dijo a Begoña:
–Hoy ha habido olimpiada de matemáticas y hemos ganado.
–¿Ah sí?  ¡Qué bien! –contestó Begoña mientras veía que el padre de Adrián se acercaba con paso lento.
–¡Mira papá!, esta es la mamá de Adrián.
–Ah, ¡ja ja!, estos niños…encantado, yo soy su padre –dijo Fernando estrechándole la mano.
–Mucho gusto, ¿no ha venido Paloma? –mientras hablaban Adrián se aburría y le pedía la merienda a su padre, que intentaba hacer las dos cosas a la vez: escuchar a su hijo mientras sacaba la merienda y atender a la conversación.  Álvaro, sin embargo, estaba pegado a las piernas de su madre, con cara de pocos amigos.
–¡No!, hoy he venido yo a por él, que como no vengo mucho…ahora iremos al parque a jugar.  Vosotros…¿queréis venir? o… –dijo Fernando dubitativo cuando le interrumpió bruscamente Álvaro para decir:
–¡No!  ¡Mi madre y yo nos vamos a jugar nosotros solos!
–Ah, vale.  Me parece muy bien –reaccionó Fernando no queriendo dar importancia al grito de Álvaro.
–Perdona, que…bueno, ¡nos vemos! –Begoña no fue capaz de aguantar más los tirones de su hijo y se dio media vuelta y se fue.
–Sí claro, ¡adiós!
Fue a buscar a Adrián para irse juntos al parque y estuvieron jugando hasta que vino Paloma.
–¡Hola mamá!, mira lo que hago.
Adrián le pegó un chupinazo a su padre que esperaba en la portería y le dio en la boca del estómago.  El pobre se había quedado embobado mirando la belleza de su mujer que bajó más provocativa, que vestida para bajar al parque.  Se acercó a Fernando para interesarse por él, y le susurró al oído que sería buena idea acostar pronto al niño.  A él le pareció una idea estupenda, con que dijo:
–¡Adrián!, ¡vamos para casa que ya es tarde!
–¡Jo papá!  ¡Yo quiero quedarme más!
–¡Venga hijo!, que hoy tenemos tu cena favorita –dijo su madre– huevos fritos con patatas y pimientos.
–¡Qué bien! ¡Venga, me has convencido!
Subieron los 3 y cenaron juntos, cosa que rara vez hacían, muy a gusto.  Al terminar la cena, acostaron a su hijo y se quedaron los dos solos mirándose el uno al otro.
–Espera Paloma, que te he traído algo –dijo Fernando cogiéndole las manos mientras iba a su cuarto a rebuscar en la maleta– toma, para ti.
–¡Una caja de música!  ¡Lo que siempre he querido!  Muchas gracias amor.
Paloma estaba que no cabía en sí de gozo, y se lo recompensó a su marido como su más primitivo instinto le dictaba.  Al terminar se quedó en la cama pensando mientras le miraba dormido: <<qué maravilloso que sería estar todos los días con él.  Yo entiendo que viaje tanto pero por otro lado, parece que siempre nos estamos despidiendo.  Ojala pudiera estar siempre aquí.  Aunque me ha tocado vivir esto, qué se le va a hacer, mira a Begoña por ejemplo, o a otras amigas…todos tienen sus cosas Paloma, no seas así, que hay gente peor.  La verdad es que soy muy feliz, porque siempre que viene me hace sentir especial>>.
Al día siguiente, llevaron a Adrián al colegio que se despidió de su padre, pues se tenía que ir esa misma mañana, así que tras dejar a Adrián en el colegio, fueron al aeropuerto a hacer tiempo hasta que saliera el avión.
Una vez Fernando pasó el control, le sonó el móvil a Paloma:
–¡Hola!, ¿la mamá de Adrián?
–Sí, ¿qué pasa? –contestó Paloma sin reconocer la voz de la directora del colegio.
–Soy Lourdes, y me gustaría que vinieras porque tu hijo se ha peleado con otro niño.
–¿Cómo?, ¡no puede ser! –dijo despertando de su mundo de felicidad.
–Es que casi prefiero que vengas, para hablarlo aquí tranquilamente.
–Vale, voy para allá.
Paloma cogió el coche y se fue rápido hacia el colegio, repasando mentalmente qué podía haber llevado a su hijo a pelearse con otro.  <<No lo entiendo, pero si le quiero mucho y se lo demuestro todos los días.  Nunca me porto mal con él, y jamás le he pegado.  Si no conoce la violencia, ¡cómo es posible que se pegue con nadie!  Voy a ver si se resuelve el malentendido, seguro que mi hijo no ha sido.  Estas profesoras no se enteran de nada>>.  Cuando llegó le hicieron pasar hasta el despacho de la directora donde le esperaba junto a su hijo, Álvaro, la mamá de Álvaro y la profe de los dos.  Su hijo del alma tenía sangre en la nariz, la ropa rasgada y estaba despeinado por el fragor de la pelea.  Álvaro por otro lado, tenía un moratón en la cara y varias rozaduras en el pantalón.  La cara de susto de Paloma era merecedora de una foto instantánea.
–Pero, ¿qué ha pasado? –dijo la madre de Adrián estupefacta corriendo a abrazar a su hijo.
–No lo sé, estaban en clase y de repente se han empezado a pelear –respondió la profesora– y el resto de niños les hicieron corro, lo que me llevó más tiempo hasta que pude separarlos.
–Pues no lo entiendo, si son muy amigos, ¿no? –dije mirando a Begoña que casi no levantaba la mirada del suelo.
–Sí, juegan juntos muchas veces.
–Vamos a ver, Álvaro, ¿qué ha pasado? –le preguntó la directora.
–Nada.
–Así lleva media hora, que no quiere decir nada.
–Hijo –dijo Paloma agachándose a la altura de su hijo y cogiéndole por los brazos con las dos manos–, cuéntame, ¿qué ha pasado?
–¡No sé mamá!, yo solo le pedí el rotu rojo, porque el mío estaba gastado.
–¡No me lo pediste! –saltó Álvaro– ¡Lo cogiste sin más!, como todos los de tu familia, ¡cogéis las cosas sin pedirlas!
En ese momento se hizo un silencio y todos se quedaron boquiabiertos.  Begoña cogió a su hijo en brazos e hizo ademán de sacarlo de la sala, pero Álvaro se resistió y al darse media vuelta hacia donde creía que estaba Adrián, dijo:
–Como tu padre vuelva a regalarle flores a mi madre, ¡te mato!

La merienda

Siempre que se ponía a hacer algún dulce, todo el mundo le pillaba con las manos en la masa.  Esta era ya la cuarta vez que la interrumpían.
-¡Dichoso teléfono!, no hago otra cosa en toda la mañana.  Parece que todo el mundo se pone de acuerdo para llamar hoy.  ¿Quién coño será ahora?- murmuró mientras cogía el auricular.
-¿Dígame?
-Hola Paloma, soy Begoña, la mamá de Álvaro.  Mira, te voy a pedir un  favor, es que esta tarde no puedo ir a recoger a mi hijo y como tú vives cerca del cole, si haces el favor me le recoges y luego a la noche voy a tu casa a por él ¿no te importa?
-No mujer…no te preocupes.
-No sabes como te lo agradezco.  ¡Muchas gracias!, hasta luego.
-Vale, adiós.
-Lo que me faltaba, y precisamente Álvaro.  Nada, hoy no es mi día. ¡Rayos y centellas!  Menos mal que Fernando no llega hasta la noche y Adrián come en el colegio, si no me pillaba el toro.
Finalmente Paloma pudo terminar el pastel y preparar la merienda a su hijo, hacer la comida, comer y llegar al colegio a tiempo.
-Adrián, ¿has visto a Álvaro?
-No ¿por qué?
-Hoy se viene con nosotros.  Me ha dicho su madre que le recoja, así que  vamos a buscarle, tu por ahí y yo por aquí, a ver si vemos dónde se ha metido.
-¡Mira mamá! está en la fuente.
-Pero bueno, ¡cómo se ha puesto de agua!, ¡está hasta las orejas!  Ahora tendré que darle algo para que se cambie, cómo va a estar con la ropa mojada.  Me cae cada engorro…
-¡Hola Álvaro, guapo!, soy Paloma ya sabes, la mamá de Adrián, me ha dicho tu madre que te vengas con nosotros, porque ella no te podía recoger a esta hora, luego vendrá ella a casa a por ti, ¿vale?
-¿Y eso?
-Pues no lo sé, cielo, tendría que hacer algo importante.
-Pues a mi no me ha dicho nada.
-A mi me ha llamado por teléfono a las doce y me lo ha dicho. ¡Vamos Adrián!, no te entretengas tú también ahora, ¡ven! que nos vamos.
De camino a casa Paloma iba distraída en sus pensamientos:
<<Y digo yo, ya le podía haber avisado a su padre, el hecho que estén separados no le exime de estas obligaciones, desde luego con los hombres no se puede contar para nada, en cuanto hay un problema gordo en casa, salen huyendo, sólo sirven para hacer la guerra y muchas veces ni para eso, que razón tiene mi vecina Laura: el mejor hombre, colgao.  Pobre muchacha dejarla en estas circunstancias, con el chaval así…¡No tiene perdón de Dios!.  Quién sabe qué estará pensando ahora>>.
Mientras Paloma iba en sus pensamientos Álvaro hacía lo propio: <<¿Por qué mi madre en vez de llamar a la mamá de Adrián no habrá llamado a mi padre?  Hace ya mucho que no le veo, no sé qué le pasará que está siempre ocupao, ya casi ni me llama, por lo menos el de Adrián aunque está siempre por las nubes conduciendo los aviones, le ve todas las semanas y le trae chuches y juguetes, ¡jo!, los hay con suerte.  Adri monta en avión con sus padres siempre que quiere, y viaja por todo el mundo, ya me gustaría a mi ser como él.  Espero que hoy no esté su papá, porque con el afán de ser amable conmigo me trata como si yo estuviera tarao, y sólo soy ciego, no gilipollas.  Siempre está pendiente de mí, como si yo fuera deficiente>>.
-¿Qué tal Álvaro, cómo vas en el cole?
-Bien.
<<Bien…pobrecillo>> se puso a pensar para sí Paloma <<como va a ir bien, angelito.  Con ocho años y ya así, anda, no le queda nada, pobre niño, y pobre Begoña tan joven y ya tiene cara de sufrimiento, la tristeza se ha instalado en sus ojos, con lo guapa que es>>.
Se dirigió a él y dijo:
-Dame la mano Álvaro, que hay dos escalones aquí en el portal, ten cuidado.
-¡Si ya lo sé!, que ya he venido aquí dos veces, al cumple de Adrián, y a la izquierda hay un ascensor, y otros dos a la derecha.
-¡Muy bien!, cómo te acuerdas- <<anda, mira el jodío muchacho que listo es>>, pensaba Paloma.
-¡Qué alto vives Adrián!  Tendrás buenas vistas desde el decimocuarto.
-Sí.
<<Seguro que Adri no lo aprecia>>, pensó Álvaro que no paraba de pensar siempre, en parte obligado por las circustancias <<¿Qué saben los que ven del mundo de los ciegos?.  Ellos lo tienen todo, con sólo abrir los ojos, y dar un simple vistazo, ven si es de día o si es de noche, ven los colores, las formas, la posición de las cosas, ven lo malo y lo bueno, lo bonito y lo feo, nosotros tenemos que conformarnos con oler y tocar.  Y menos mal que tenemos memoria, eso nos ayuda mucho.  Si se fuera la luz esta noche, seguro que yo le tendría que guiar a Adrián.  Con sólo dos veces que he venido a su casa, seguramente yo sé mejor que él cómo están puestas las cosas, si no las han cambiado de sitio, claro, porque a veces me dejan loco.  ¡Qué manía tiene la gente de cambiar las cosas de sitio!.  Me gustaría tocar a su madre la cara para ver como la tiene, debe de tenerla agradable, porque me gusta su voz, parece que es verde, y creo que es alta, más alta que la mía, habla desde más arriba, pero la mía es más guapa, la mía es la más guapa del mundo, tiene cara de ángel.  Ya llevo más de tres años sin ver, y cada vez me cuesta más recordar su cara, es por lo que más siento ser ciego, aunque todas las noches se la toco para que no se me olvide.  Cada vez me voy olvidando de más cosas, por eso a todas las cosas las he puesto colores.  Me gusta tocar el agua, pero no puedo tocar los colores>>.
-Ya hemos llegado, Álvaro.
-Mmm, subir al catorce mola.
-Adrián, lleva a Álvaro a tu cuarto para que se cambie de ropa, que está chorreando, dale un chándal y unos calcetines- le pidió mientras abría la puerta- ¿cómo te has puesto así de agua, hijo?
-Es que me gusta mucho jugar con la fuente.
<<Pobrecillo, no tendrá con quien jugar, y claro en algo tiene que pasar la criatura el tiempo.  La verdad es que compadezco a su madre porque me da mucha pena, ¡qué sufrimiento con este hijo!, se me parte el corazón.  Ahora, es más listo que el hambre, el jodío.  Míralo, está quieto y parece que está pensando.  ¿Qué pensará?>>
<<Me gusta como trata Paloma a su hijo>>, pensaba Álvaro refiriéndose a Adrián, <<claro que a lo mejor es porque estoy yo delante.  Me gusta esta casa, es grande y huele bien, debe de ser nueva, sí, y los muebles son suaves y agradables al tacto, el sofá no es como el mío, tiene otro tacto, le preguntaré a mi madre de que está hecho el sofá de Adri, es más áspero que el mío. Me acuerdo como es su habitación.  Bueno me acuerdo de como está toda la casa. Puedo describir todos los muebles de la casa, menos mal que la recuerdo bien.  La verdad que Adri no es de mis favoritos.  Él juega más con Santi y Pablo, claro…seguro que conmigo se aburre más.  Sólo ha venido a mi casa dos veces, aunque no es mal muchacho, cuando se enfada a veces me da miedo, tiene la voz de color marrón>>.
-¡Adrián!, ¡Álvaro!, venga chicos, veníos a merendar.
Yuju!, venga Álvaro corre, que ya está la merienda.
-¡Vamos! <<una cosa buena que tiene es que me trata normal, sin estar todo el día pendiente de mí, como si fuera un inútil.  Eso me gusta mucho>>.
<<Hay que ver como viene él sólo, de manera pausada como si estuviera midiendo los pasos, casi no toca la pared, ¡jodío muchacho! cómo sabe valerse por sí mismo sin ayuda>>.
-¿Me puedo sentar en este sitio?- preguntó mientras cogía una silla.
-Si hijo, siéntate donde quieras <<mira qué educado>> ¿Tienes hambre, Álvaro?
-No mucha.
-Bueno, pero vamos a merendar un poco, ¿Qué quieres?  Adrián va a tomar un tazón de leche con colacao, galletas y magdalenas, ¿quieres tu otro o te preparo un bocadillo?
-No, yo igual que Adri.
<<Anda Paloma, aprende a educar a tu hijo, vaya una gran lección  que te está dando el cieguito.  Sin manchar absolutamente nada, con qué cuidado coge las cosas, es un cielo de niño, y qué buenas maneras.  Al contrario que tu hijo qué, a pesar de poder ver, llena el tazón que rebose, poniéndolo todo lleno de chorretes.  ¿Dónde habré puesto las servilletas de papel?  Nada ni una, se me han terminado, ¡vaya! y ahora las de tela las tengo en la lavadora.  ¡Ah! Mira, me quedan dos, esta limpia para mi hijo y esta otra, que no lo ésta tanto, se la daré a Álvaro que bueno, como no ve, ni se da cuenta>>.
-¡Oye chicos!, tomad las servilletas, no os limpiéis a la ropa- mira el jodío muchacho como la huele.
-Toma la servilleta, Paloma, no quiero ensuciarla.

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