Conversaciones con tío Mauricio (II)

–¿Entonces…llegaste a entrar tú sola? –le pregunté a mi abuela con absoluta admiración.

–¡Sí!, calla y escucha la historia.

Era una sala rectangular, vieja, sucia, oscura y mal oliente, era cocina y a la vez lo que hoy llamaríamos el salón. De frente, al fondo estaba la chimenea, que al penetrar por ella un halo de luz, dejaba ver una mortecina lumbre. En la pared de la izquierda unas cortinas marrones ocultaban dos ventanas, una de ellas entreabierta. Entre las dos ventanas, pegada a la pared una mesa y dos sillas viejas, servían de soporte a un frutero vacío. Un poco de leña estaba amontonada al lado de la chimenea. En la pared de la derecha pude ver una puerta y eso era toda la casa y el mobiliario. El suelo tenía pequeñas piedras de río que hacían formas y figuras. Una vez dentro dije con voz nerviosa y un poco subida.

–¡Hola!

Pero nadie me contestó.

–¿Hay alguien? –pregunté con miedo. Oí una tos y me sobresalté. Esperé unos minutos con una mezcla de intriga y miedo. De la puerta de la derecha, que debería ser el dormitorio, salió un hombre también viejo, mal vestido, sucio y mal oliente exhibiendo una barba larga y blanca. Me dio un susto tremendo, porque yo nunca había visto a un hombre con esa barba y por su aspecto me pareció pobre. Me miró sorprendido, quizás al ver que había entrado sin permiso y me dijo con voz seca:

–¿Qué haces tú aquí?

–Nada –dije casi con miedo.

–Entonces ¡márchate!

–Es que soy vecina suya, vivo enfrente.

–¿Tú de quién eres?

Yo le dije el nombre de mi padre, no sé por qué siempre se hacía referencia al padre, como si la madre no pintara nada.

–¡Ah…sí!, le conozco, buen pájaro –me dijo, y dicho esto lanzó un escupitajo al suelo.

–¿Y por qué has entrao aquí?

–Para ver quien había.

–Pues ya lo sabes, ¡vete!

–Bueno, ¡adiós! –y salí de aquella casa.

Cuando salía, oí que mi madre me estaba llamando para comer. Mientras mi madre nos repartía la comida…

-¿Qué comida, abuelita? –le pregunté interesada por lo que comerían antes.

–Y yo que sé, ¿qué más da? Sería cocido, como siempre…

Bueno…el caso es que yo no hablaba, estaba pensando en ese hombre viejo y solo. Se me había olvidado preguntarle cómo se llamaba. Mi madre ajena a mi mundo interior y a mi visita clandestina, hablaba con mi padre mientras comíamos cosas que no me importaban, yo sólo pensaba en el viejo sucio y maloliente, tal vez, porque había descubierto un mundo distinto al mío, y el cual parecía no interesar a nadie. Así que decidí volver al día siguiente.

–Pero…si el viejo te había dicho que no volvieras, ¿no? –pregunté cual mosca cojonera.

–En realidad me dijo que me fuera, no que no volviera –me dijo a media sonrisa.

Pensé que si aparecía sin más no tardaría en echarme de nuevo, así que me acordé que mi madre solía hacer con frecuencia mantecaos, -unos dulces caseros muy populares en Villalar- y justo hacía dos días, había hecho unos cuantos que guardaba en un cesto colgando del techo. Entonces pensé, que le podía llevar dos al viejo y así se haría amigo mío y no me echaría de su casa. Como yo era pequeña y no alcanzaba, me subí en una silla y al coger el cesto, pesaba demasiado y me caí al suelo con éste encima. Al oír el estropicio, vino mi madre y me echó la bronca, pero antes de que llegara yo ya me había guardado unos cuantos. Así pues, al día siguiente llevé los mantecaos y al entrar me dijo:

–Pero bueno, ¿no te dije ayer que te fueras?

–Es que le he traído unos mantecaos –contesté para hacerle cambiar de opinión.

En seguida le cambió el semblante y se ve que le gustaron mucho, porque mientras se los comía de pronto empezó a hablar conmigo, y me preguntó si iba a la escuela y unas cuantas cosas más. Al principio solo le contestaba, pues no quería importunarle, hasta que me lancé a preguntarle cómo se llamaba, y me dijo muy serio.

–Me puedes llamar tío Mauricio.

No sé por qué a las personas mayores además de llamarles de usted, les decíamos tío o tía, aunque no fueran familia. De todas maneras yo que desde pequeña he sido muy transgresora, con él me salté esas dos reglas.

–Abuela, ¿qué es transgresora? –le pregunté pues no descifraba semejante palabro.

–Quiere decir, que no respetaba siempre las reglas establecidas.

Con que, de tú a tú, le pregunté algunas cosas.

–¿Por qué te trae Julia la comida?

–No sé cocinar.

–¿Por qué nunca sales de casa?

–Psche, pa’ lo que hay que ver…

Al principio, el viejo tardaba en contestarme, era como si le costara o lo pensara antes de decírmelo pero, poco a poco, no sé si por los mantecaos… o tal vez porque llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie, fuimos tomando confianza el uno con el otro.

–Y…¿sabes por qué vives solo?

–¡Claro que lo sé!, no me gusta la gente…

–¿Por qué no?

Emitió un gruñido antes de soltar:

–Porque preguntan mucho.

–Ah, pensaba que nadie quería vivir contigo.

–¡Qué tontería!

–A lo mejor es porque no se lava.

–Estoy muy a gusto así.

–Y esa barba tan grande, ¿no le molesta?

–No.

–¿Desde cuándo la tiene?

–Desde la primavera del 46 –me contestó.

Era bastante parco en palabras, que hablaba poco, vamos…así que un día se me ocurrió seguir a Julia, y resultó ser una chica que servía en casa de una señora, familiar de Mauricio, su cuñada o algo así me dijo mi madre.

Según pasaban los días pude darme cuenta, de que su vida se reducía a hacer tres comidas al día que le traía Julia. Más bien se la dejaba allí y se llevaba el plato de la anterior y así sucesivamente.

Tras los primeros días y pasadas las desconfianzas mutuas, poco a poco Mauricio se fue soltando conmigo y me fue contando su vida en capítulos. A mi corta edad, me parecía fascinante todo lo que contaba y no le daba importancia a si era verdad o mentira. Realmente pensaba que de verdad me contaba lo que le había sucedido, aunque ahora ya no sé si no sería todo producto de su imaginación. Si te digo la verdad ni lo sé, ni creo que lo sepa nunca.

Según me relataba minuciosamente, se había enrolado en un barco mercante y había viajado por esos mundos…

–¡Ja, ja! –río mi abuela y echó la cabeza para atrás en su mecedora, mientras susurraba en voz baja para sí cosas que no se le entendían nada.

Me río porque entonces me acordé de mi madre. Cuando hacía alguna trastada, en vez de darme un cachete, me amenazaba con irse por esos mundos. Así que le pregunté a Mauricio, si estaban muy lejos esos mundos.

–Y, ¿sabes lo que hizo?

–No, abuela, ¿qué hizo?

Sacó un mapa viejo, lo desdobló varias veces y me enseñó lo que significaban aquellos dibujos, me decía que aquello era el mundo y una zona era agua y otra tierra. Recuerdo que había también pintado sobre el mapa un barco con banderas y en el cual Mauricio había viajado varias veces por todo el mundo. Me dijo que él había sido el jefe de máquinas del barco, y me contaba historias fantásticas de delfines, de tiburones, de enormes ballenas que habían matado, de piratas que habían asaltado el barco, y también de fuertes huracanes que casi le habían reventado. Sintiéndose protagonista ante mi mirada expectante, escenificaba todas sus historias, así como las grandes olas de las grandes tormentas que mecían el barco cuando cruzaban la línea divisoria del Ecuador. Yo le preguntaba el significado de las palabras que desconocía y él, dueño del tiempo, me las explicaba sin prisas. Luego yo pintaba en mi cuaderno a mi manera, añadiendo un poco de mi infantil fantasía, todo lo que él me iba contando. Después se lo enseñaba a mi hermano, que era dos años más pequeño que yo, para darme importancia. Mi madre sorprendida, me preguntaba el origen de aquellas historias y aquellos dibujos tan extraños, pero yo no le dije nunca de dónde los sacaba, pues si se enteraba de mis excursiones a casa de Mauricio, seguramente me lo prohibiría.

Un día le volví a preguntar por qué vivía solo y en esa casa tan sucia, y me dijo, que llevaba varios años escondido, en aquella asquerosa casa, porque había sido malo. A lo que le pregunté:

–¿Es que estás castigado y no te dejan salir?

–Bueno, algo así. Salgo por la noche cuando todos están durmiendo, ya estoy acostumbrado a vivir encerrado en este cuchitril y, por mi edad, ya sólo saldré de aquí para ir al cementerio.

Se produjo un silencio y dijo como si pensara en voz alta <<Al fin y al cabo esto es mejor que la cárcel>>

Le pregunté qué era la cárcel y después de explicarme lo que era, insistí:

–¿Y por qué has sido malo?

–Esas cosas no se las puedo contar a una niña.

–¿Por qué? Yo también hago cosas malas –le dije pensando en mis trastadas.

–Pero no es igual.

–¿Por qué no?

–Porque a los mayores nos castigan de otra manera.

–Pero eres mi amigo –le insistí.

–Si te lo cuento ¿me guardarás el secreto?

–¡Sí!

Al final se decidió y empezó a contarme historias que había vivido en la cárcel. Yo creo que para tener alguien con quien hablar, cada día me fue contando historias y muchas cosas que había vivido en la cárcel y, entre todas las historias que me contó, recuerdo una, que todavía no he podido olvidar y era más o menos así.

Aquel día, al atardecer, venía él de hablar con el jefe de la cárcel por una bronca que había tenido en el patio con unos reclusos, iba caminando por un interminable pasillo y, de pronto, le entró un retortijón de tripas y no le daba tiempo de ir al retrete, miró para todos lados y no vio venir a nadie, entonces se bajó los pantalones y allí mismo hizo su deposición. Se estaba subiendo los pantalones y, justo en ese momento, le pilló un carcelero que hacía la ronda, sacó su pistola y apuntando con ella a Mauricio le ordenó:

–¡Cómete eso ahora mismo!

Como él se resistía le volvió a insistir.

–¡He dicho que te lo comas…o te pego un tiro que te vuelo la cabeza!

Entonces Mauricio, viendo que no era broma, se agachó y se lo comió.

–¡Y ahora date media vuelta y para tu celda!

Mauricio se dio media vuelta y viendo en el espejo de su celda que el guardia se guardaba el arma, se volvió a dar la vuelta y, de un salto, se abalanzó sobre el carcelero y le quitó la pistola, y le atizó una patada en el estómago que le hizo retorcerse hasta llegar al suelo. Sin dejar de apuntarle, se metió los dedos en la boca y devolvió su propia deposición.  Al terminar le dijo al carcelero:

–Ahora te la comes tú calentita, o te vuelo yo la cabeza, y echó hacia atrás el gatillo del arma. Después de comérsela, sin dejar de encañonarle, le hizo que se desnudara, cambió su ropa con la del carcelero y a punta de pistola le metió en su celda. Aquella misma noche, cuando cambiaba el turno, Mauricio le pegó un tiro en la cabeza, y se escapó de la prisión.

Cuando mi abuela se dio cuenta, de que estaba tapándome entera con la manta, que tenía para las piernas, y apenas dejando los ojos sin tapar acurrucada en el sillón del miedo que tenía, sonrió. Yo creo que Casi en el fondo se reía porque sabía que me iba a asustar.

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