Conversaciones con tío Mauricio

        Mi abuela Casimira que ya estaba exenta de obligaciones laborales, tenía mucho tiempo libre para pararse a pensar y, sin querer, echaba la vista atrás para recorrer las etapas de su vida. Con mayor o menor satisfacción por lo vivido, casi siempre estas vacaciones del pensamiento le llevaban a sus raíces, a recrearse en su infancia.  Tal vez para probarse a si misma hasta dónde era capaz de recordar, o tal vez, porque de esa época tenía recuerdos felices.  Generalmente cuando solía rebobinar en su memoria, el pensamiento le lleva a su pueblo natal, Villalar de los Comuneros.  Un pequeño pueblo de Castilla y León que, en la actualidad, no supera los quinientos habitantes. Emigró a los diecisiete años con lo cual pasó allí los años de su infancia y adolescencia.
Yo la quería mucho, y me gustaba ir a visitarla, porque siempre que iba a su casa, me daba unas pastas aceitadas que hacía ella misma y que no había probado en ningún otro sitio igual.  A veces, me invitaba a su memoria para envolverme en sus recuerdos, yo creo que porque le recordaba a aquella niña joven que describía y, de alguna manera, le hacía sentir que su relato cobraba vida.  Cunado fui la semana pasada, me contó una historia que a pesar de haber sucedido hacía muchos años, todavía era capaz de desgranar todos y cada uno de los detalles.
Nos sentamos a tomar café y comer las pastas mientras se balanceaba en su mecedora, yo creo que para hacerse la interesante y empezó a recordar:
Según marcaba el calendario zaragozano, corría el año 1950 y, por aquella fecha, tendría yo unos ocho o nueve años.  Vivía en el barrio de las hoces y justo enfrente había una casa un tanto peculiar.  Parecía muy vieja, y con la puerta de entrada desvencijada.  Estaba dividida en dos mitades según el uso de épocas antiguas, supongo que para abrir sólo la parte de arriba, y así poder asomarnos a la calle protegiendo los pies del frío en aquellos gélidos inviernos.  La casa tenía tres ventanas que casi siempre estaban cerradas.  Con la curiosidad que da la infancia, un día le pregunté a mi madre si sabía algo de aquella casa vieja o si vivía alguien allí.  Mi madre sin interesarse por el tema que a mí tanto me preocupaba, me dijo:
        -Olvídate de esa casa, que eres muy curiosa.
        Un día, cuando ya estaba casi olvidando aquel asunto, regresando de la escuela antes de lo normal porque la maestra tuvo que salir antes de tiempo, oí un ruido y, distraídamente, miré para la puerta y vi con mis propios ojos como se cerraba.  Me recorrió un escalofrío por la espalda y me metí corriendo en casa.  Pero una vez dentro, me puse a mirar por el ojo de la cerradura y a observar expectante lo que allí pasara, desde la seguridad que me daba ocultarme tras la puerta de entrada de mi casa.  Pasados unos cinco minutos, vi salir de la casa a una chica joven de pelo moreno, llevaba un capacho, y vi cómo cerraba la puerta otra vez.
–Abuela, ¿qué es un capacho? –le pregunté intrigada.
–Es como un capazo, pero de mimbre y para llevar comida, normalmente.
–¡Ah!–respondí tras quedar satisfecha con su respuesta, y prosiguió:
El caso es que eso confirmaba mis sospechas de que vivía alguien ahí.  Mi curiosa imaginación no me dejaba en paz y venció a mi temor a lo desconocido.  Una vez que se hubo alejado la chica, salí y puse mi oreja pegada a la misteriosa puerta.  Entonces oí unos extraños ruidos lejanos.  Tentada estuve de dar la vuelta al picaporte y descubrir algo, pero al final el miedo ganó la batalla.  Por mi corta edad, me imaginaba monstruos con siete cabezas o un animal con un rabo largo y grandes orejas o cosas así.  Aquella noche pensando en mi cuarto después de cenar, decidí que sería valiente y el próximo día entraría.   Me fui a la escuela y Doña Amelia, mi maestra, me tuvo que llamar la atención porque no atendía en clase, de hecho casi no dormí pensando en abrir la puerta y aventurarme en aquel misterioso lugar.  Llegada la hora de salir, me vine corriendo para ver a la chica morena con el capacho, pero no la vi.  Así que esperé pacientemente sobre la misma hora por si se abría la puerta.  El chirriar de sus goznes al abrirse y ese halo de misterio de mi madre por no darme explicaciones, me produjo más interés que el que tenía por ir a jugar con mis amigas del barrio.  De pronto vi venir a la chica morena calle arriba y al llegar a mi calle, ni corta ni perezosa, le salí al paso y le pregunté con párvula candidez:
    –¡Hola!, ¿tú quién eres? –le pregunté de sopetón, y la chica morena me dijo:
    –¡Uy!, ¡hola!, yo me llamo Julia, y ¿tú?
    –Me llamo Cristina.  Y, ¿por qué vas a esa casa?
    –¿Por qué lo quieres saber? –me preguntó.
    –Porque ahí no vive nadie –le dije esperando una negativa por su parte.
    –¡Eres una niña muy curiosa!
    –¿Puedo entrar contigo? –le pregunté.
   –¡No! –me contestó secamente, y me dio con la puerta en las narices.  Con más curiosidad que nunca estuve haciendo guardia todo el sábado, y confirmé que venía tres veces al día, siempre coincidiendo con las horas de la comida.
        Lo que traía o llevaba en el capacho, era una incógnita.  Como cada vez me tenía más intrigada, lejos de olvidarme, me entró más curiosidad, y lo tomé como un reto personal.  Tenía que saber quién vivía ahí.  Como un detective, monté guardia a la puerta, olvidándome de ir a jugar con mi amiga Chichi y mi amigo Juan Antonio a la rayuela.  Me propuse al día siguiente, que era Domingo, entrar después de que se fuera Julia.

        Después de venir de misa, esperé impaciente detrás de mi cerradura a que se abriera la puerta, y cuando vi que se marchaba, salí de mi escondite y agarré el picaporte. Afortunadamente, en aquella época nadie en Villalar cerraba las puertas con llave, sólo existía el picaporte y el cerrojo, pero éste casi nunca se echaba. Tal vez, porque en las casas no había nada que atrajera a los ladrones, o porque la mayoría de la gente era respetuosa con lo ajeno.  El caso es que abrí la puerta lentamente con un poco de miedo, y como el que espera descubrir un misterio, entré.

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