El pañuelo (II)

Alberto tenía hoy muchas ganas de ver a Evelin, pues iba a decirle que se le había ocurrido una idea fenomenal de inversión, y él sabía que por algún motivo despertaba la pasión que llevaba dentro, y quizá a él mismo también.  Se había enterado de que una tienda de ropa pasaba por dificultades financieras y que sería fácil, y sobretodo barato, comprarle la tienda.  La verdad es que la tienda era lo de menos, pero estaba en un sitio que él consideraba estratégico, de cara a vendérselo a unos grandes almacenes.  No es que fuera un visionario, pero tampoco jugaba a ciegas.  Un amigo suyo resultó que estaba en el comité ejecutivo de esos grandes almacenes, le comentó que estaban pensando en ampliar su área de influencia para llegar más a la gente de los barrios del extrarradio, donde creía que se iban a asentar los centros comerciales en el futuro.
El caso es que además preparó la mesa, con velas, flores, aromas de lavanda y vainilla, todo lista para una cena romántica para que se desentendiera de la reunión y se relajara junto a su confiado marido.  Pensó que todo iba a salir a pedir de boca.

En el Eurobuilding, la reunión transcurrió con normalidad.  Evelin salió satisfecha, aunque no pudo dejar de pensar en el que le quitó el pañuelo.  De la misma manera que le gustaba tener controlado su dinero y sus inversiones, le gustaba tener sus cosas bajo control, y perder el control sobre una de sus cosas le indignaba lo suficiente como para no olvidarlo fácilmente.
Con el fin de evitar un hecho parecido, Evelin decidió coger un taxi hasta la oficina, donde dejó el coche, para ir a casa.  Nada más salir de la oficina, vio uno, y al pararlo se dio cuenta de que el taxista era extranjero, por lo que optó por no cogerlo, y esperar a otro.
Fue caminando calle abajo hasta que llegó otro.
–¡Buenas noches! –dijo ella.
–¡Buenas! –contestó el taxista.
Una vez comprobó que tenía acento “de la tierra” se subió y le indicó la dirección de su oficina.
–De acuerdo, llegaremos en seguida –contestó de manera muy educada.
Evelin repasó su agenda y el boceto del acta resumen de la reunión, para presentarlo a su equipo al día siguiente.  Generalmente, este era el motivo por el que no le gustaba ir a las reuniones en coche.  Si al salir, en el trayecto podía dejar el acta cerrada, no tenía que llevarse el trabajo a casa.
La verdad es que Evelin no era una mujer que pasara desapercibida, precisamente, y al taxista que la miraba a través del retrovisor de vez en cuando, tampoco.  Se veía una mujer muy atractiva y al no tener el pañuelo al cuello, invitaba a deslizar la mirada de cualquier hombre que midiera más de un metro setenta.  Ella, bien conocedora de sus embriagadores encantos, lejos de ruborizarse o sentir deseos de impedir el generoso deleite del público, se crecía, usándolo a su favor, sobretodo en lo que a negocios se refiere.
Se fijó también en su alianza, lo que empujó al taxista a dar un giro en el trayecto que se supone que debería recorrer.
A los dos minutos, Evelin sintió que ya deberían haber llegado, y levantó la mirada para comprobar que, efectivamente, el taxista se había desviado de la ruta más corta.
–¡Disculpe!, ¿sabe dónde es? –preguntó con tono humillante para un taxista que debería conocerse la biblia.
–¡Sí!, tan solo vamos a cambiar la ruta porque a estas horas suele haber mucho tráfico en Cibeles.
–Pues yo creo que no –dijo desafiante– debería volver ahora mismo a la ruta que llevaba.  Y no me dé rodeos…¡Que no se los pienso pagar!  A ver si se ha creído que soy extranjera!
–No señora, no se preocupe, en seguida volvemos a la ruta.
El taxista dio un volantazo y aceleró pero no sólo no cambió la ruta, sino que la llevó a un callejón sin salida y oscuro.  Ella, al ver el acelerón que imprimió, recogió sus cosas lo más discretamente posible en su bolso y su portafolios y se quitó los zapatos de tacón.
Al parar, abrió la puerta rápido para escapar de la encerrona, pero él fue más rápido y le cerró el camino.  Evelin no sabía cómo actuar.  No veía a nadie para pedir ayuda, por lo que gritó lo más fuerte que pudo en busca de ayuda, y para impedirlo se abalanzó sobre ella.  Intentó esquivarle, y estuvieron un rato jugando al gato y al ratón, hasta que por fin consiguió inmovilizarla.  Evelin estuvo gritando todo lo que pudo hasta que le tapó la boca.  Después de un mordisco, el que gritó fue él, pero rápidamente se rehízo y le golpeó en la cabeza dejándola ida por unos momentos.  Aprovechó para quitarle el dinero de la cartera, los anillos y los abalorios que llevaba.  Finalmente se decidió a abusar de ella sobre el suelo.
Al principio del callejón apareció un hombre de baja estatura que viendo la escena, se acercó diciendo:
–¡Eh!, ¡óigame!, ¿qué está pasando?
–¡Métete en tus asuntos! –dijo girándose y amenazándole con el puño.
El hombre se apresuró hacia ellos pues vio un bolso de cadena de oro tirado en el suelo.  El recientemente descubierto acosador, se rehízo y se dio la vuelta encarando al desconocido.
–¡Déjame en paz! y vuelvete por donde has venido –le espetó en tono amenazador.
Evelin recuperó el conocimiento y al verse liberada, se intentó levantar, pero lo más que consiguió, fue ganar distancia respecto del acosador huyendo a gatas.
Los dos se enzarzaron en una pelea que fue ganando en violencia hasta que dio con la cabeza del acosador en el taxi, quedando noqueado.
Inmediatamente después, se acercó a la chica diciendo:
–Disculpe usted, ¿se encuentra bien, señorita?
–Sí –dijo tímidamente ella desde el suelo, con la blusa enjironada.
–No se preocupe usted, señorita.  Tenga mi chamarra.  Tápese con ella –dijo él conmovido por la situación, ayudandole a levantarse.
Mientras era sujetada por sus brazos fuertes, Evelin se quedó estupefacta, mirándole con los ojos llorosos y dijo:
-¡Pero si eres peruano!

El pañuelo

–¡Cariño, ya estoy en casa! –dijo Alberto abriendo la puerta.
–Estoy en la cocina chiqui –contestó Evelin.
–Qué me ha hecho hoy mi mujercita de comida que huele tan bien –dijo Alberto acercándose a la vitrocerámica.
-Paella -contestó Evelin y se dieron un cariñoso beso.
-¡Huy!, cada vez esta mejor mi tortuguita -dijo Alberto cogieniéndola de la cintura por detrás ajustándose a su anatomía.
-Déjame que luego llego tarde al trabajo -dijo ella luchando por desasirse de su marido.
-A ver si cambias de trabajo, no me gusta pasar las tardes solo.
-¿Y por qué no cambias tú? -dijo ella.
-Mi trabajo es intocable -dijo él.
-Bueno, no empecemos otra vez chipironcito.
-Siempre me dejas solo cuando más te necesito -insistía él.
-Guarda tus energías para la noche -dijo insinuante ella.
-Pero dame un adelanto -imploraba él.
-No puedo, déjame que llegaré tarde, no seas pegajoso.  ¡Ah!  por cierto esta noche tengo junta de accionistas a las siete en el Hotel Eurobuilding, llegaré a las diez.
-Porque no asistas tú no se va a hundir la compañía, ¿no, tortuguita?
-Cierto, pero me gusta saber como invierten mi dinero.
-¿Y es necesario que te pongas tan guapa para asistir a una reunión de viejos decrépitos? Me voy a poner celoso.
-Simplemente es un traje de chaqueta, no es para tanto.
-Que te sienta muy bien, y además de ajustado, la falda es corta.
-¡Moro!
-¿Y ese pañuelo de seda al cuello, en llamativos colores? Estás para que te atraquen.
-Me lo regalaste tú, es el de Picasso ¿no te acuerdas cariño?
-Evelin no vayas, no te van a echar de menos, ni se va a hundir la bolsa sin tu presencia.
-Ya lo se, pero me gusta saber de primera mano como van mis acciones. Ten paciencia, luego será  más intenso. Chao mi chipironcito -dijo Evelin dando los morritos a su marido y salió a toda prisa. En verdad, la daba rabia tener un trabajo a distintas horas que Alberto, pero le gustaba su trabajo, se sentía bien, podía llevar a los niños al colegio, arreglar la casa, hacer la comida, etc.  Además sólo trabajaba de dos y media a ocho. No se puede tener todo.

Llegaron las ocho y Evelin en lugar de coger el coche para ir  a la Junta, pensó mejor dejarlo aparcado y cogió el bus de la línea 27, ya que sólo había cuatro paradas desde su trabajo hasta el hotel. En la siguiente parada el autobús se llenó de gente, iban como sardinas.  Entraron dos chicos de muy buen ver con acento argentino, y uno el más guapo en uno de los arranques se abalanzó literalmente sobre Evelin, echándola una mochila por delante y dejándola casi inmovilizada, maniobra que le hizo sospechar. Inmediatamente Evelin echó mano a su bolso de piel,  solamente cerrado por la presión de dos botones imantados, y cuál no sería su sorpresa, que casi atrapa la mano del guapo argentino, intentando conseguir su cartera.  Evelin no se pudo callar y sin complejo alguno, dijo en voz alta:
-Eres un ladrón, has intentado robarme la cartera -a lo que el guapo mozo de la mochila contestó:
-Yo, pero señora a mi que me registren.
-Pero oiga no me niegue eso, que le he cogido la mano intentando abrir mi bolso -los viajeros miraban entre incrédulos y asustados.  Las señoras desconfiadas aprisionaban sus bolsos por si acaso, y el conductor del autobús aunque revisaba por el rabillo del ojo el retrovisor, no dejaba de prestar atención al tráfico.

<<Menos  mal que me he dado cuenta -pensaba Evelin- si no me echo la mano al bolso en ese instante, me había robado la cartera y me habría hecho la puñeta.  Estos extranjeros, la mayoría sólo vienen a robar, desde luego estamos padeciendo una invasión entre sudacas, negros, polacos, marroquíes… ¡válgame Dios!  Y la mayoría no nos traen nada bueno, que hijo de puta, estoy temblando, cómo que me ha hecho sentir miedo el cabrón, y encima lo niega, será hijo de la Gran Bretaña. Nada no se puede salir sin coche, a lo que hemos llegado, y menos mal que he sido lista>>.

Una vez en el hotel Eurobuilding, Evelin se dirigió al mostrador.
-Buenas noches, la junta de accionistas de Indra, por favor.
-¡Buenas noches!, en el salón B al fondo, ¿tiene la invitación? -Evelin se la entregó.
-Muy bien pase.
En ese momento, instintivamente, Evelin miró para atrás y vio en el pasillo como el argentino a varios metros de distancia, la enseñaba con  recochineo su pañuelo de seda de Picasso, se miró y dijo entre dientes:
-¡Hijo de puta!
-¿Decía algo señora? -quiso interesarse la amable azafata desde el mostrador.
-No nada…

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