No hay rosas rojas (III)

Laura rezaba a todos los santos y todos los ángeles conocidos, pero sintiéndose ignorada, no podía escapar de un mar de frustraciones, del que Miguel intentaba vanamente alejar a su esposa.
A Laura le apetecía cada vez menos querer a su marido y bajaron considerablemente la frecuencia, algo que no gustó especialmente a Miguel, con lo que se empezaron a distanciar.
Llegó hasta un punto tal, que casi no se hablaban al llegar a casa, que a Laura le parecía sombría y triste.  Miguel empezó a tardar más en llegar del trabajo, pues ya no sentía la misma motivación para volver a casa.
Pasaban ya 10 meses desde que empezaron a intentarlo y Laura se empezó a sentir mal, sobretodo moralmente.  Miguel veía que no paraba de perder peso y sentía una especie de culpa o preocupación a partes iguales.  Un día decidió salir antes del trabajo para darle una sorpresa a su esposa.  Llegó con un enorme ramo de rosas rojas y entró en casa.  Quiso hacerlo en silencio para sorprenderla, aunque la sorpresa se la llevaría él cuando oyó, ya desde el pasillo, unos ruidos escandalosos que no sonaban a la cautivadora voz dulce de su mujer.  Se acercó y al abrir la puerta entreabierta que daba acceso al dormitorio en suite, vio como Laura, desde el baño, apoyada en la taza no paraba de vomitar.  Miguel se quedó parado con las rosas en la mano y la cara inmóvil.  Ella levantó la cara y tras un pequeño sobresalto al verle le preguntó:
–¿Qué haces aquí tan pronto?
–¿Qué significa esto? –dijo Miguel con un tono de voz sumamente elevado al contemplar la escena.
–¿Cómo? –consiguió articular Laura en un intento de emitir algún sonido reconocible.
–O sea, que cuando no estoy te dedicas a vomitar. ¡Por eso te estás quedando tan delgada! –tiró las rosas contra el suelo y salió de casa diciendo– ¡Me voy para no seguir viendo cómo te torturas!
Laura que aún no se había recompuesto muy bien de lo sucedido, se miró al espejo, se lavó la cara y recogió las flores.
Después de todo este tiempo no entendía el detalle de Miguel, ni su reacción posterior.  Pensó en salir a buscarle, pero hacía tanto que no hablaban que no sabría por dónde empezar, así que llamó a una amiga y le contó lo sucedido.
Miguel, que salió de casa, sin entender muy bien qué se le habría pasado por la cabeza, para empezar a adelgazar a base de vomitar, de repente pensó, que debería volver a casa pues temía un desastre mayor.  Instintivamente aceleró el paso y terminó llegando a casa corriendo.
Subió de nuevo y abrió la puerta pero no encontró a Laura allí.  Lo cuál le hizo volverse loco.  ¿Dónde podría estar?  ¿Qué se le habría ocurrido hacer?  Miguel temía lo peor y no sabía qué hacer ni a quién recurrir.  De pronto, se le ocurrió mirar en su agenda para ver el teléfono de su amiga Nieves.
–¡Hola Nieves! –dijo él cuando oyó que contestaba– soy Miguel, el esposo de Laura.
–¡Hombre!  ¡Hola Miguel!, ¡me alegro mucho! –le respondió.
–Oye perdona, no tengo tiempo, ¿tú sabes dónde está Laura?
–Me ha llamado hace 5 minutos, ¿no está en casa?
–¡Ah sí! Y, ¿qué te ha dicho?
–¡Hombre!, pues qué va a ser, la gran noticia.
–¿Cómo? –pensó en voz alta Miguel, que de repente oyó la puerta y rápidamente tiró el teléfono sobre el sofá acercándose a la puerta.
Se quedó quito delante de Laura, y los dos se quedaron mirándose por un segundo.  Miguel tomó la iniciativa y se abalanzó sobre ella diciendo:
–¡Perdóname Laura!  No sé qué te ha llevado a esta situación, pero haré lo imposible porque te sientas mejor.  Sé que hemos estado muy distantes estos meses, pero de verdad que te prometo que ya se ha acabado y que va a cambiar.  Nunca más voy a dejar pasar un día sin saber de ti –dijo Miguel en un tono mezcla de llanto y arrepentimiento– pero por favor, deja de hacer eso que estás haciendo y cuídate.  Si no voy a cuidar yo de ti.
–Pero, ¿qué dices Miguel? –dijo Laura sin saber muy bien qué le estaba contando.
–¡Te he visto vomitar hace un momento!, lo estás haciendo para intentar dejar este mundo…
–¡Ja ja ja! –le interrumpió Laura– ¡Pero qué dices, hombre!  Se abrazó a él y le dijo que no se preocupara.
Se fueron juntos a la cama y le explicó el porqué de sus vómitos.  Entonces él le explicó el porqué de las flores y los dos se abrazaron y terminaron queriéndose como nunca.
Pasó el primer trimestre de embarazo, y cesaron prácticamente los vómitos y Laura empezó a coger peso.  Fue a hacerse la ecografía y el médico les dijo que iba todo bien y que el bebé estaba sano.  No pudo descifrar el sexo pero eso a ellos les daba igual.  Estaban entusiasmados con el nacimiento del retoño.
Miguel se esforzaba todo lo que podía por hacerla sentir bien y Laura se sentía como una reina.  Le concedía todos los antojos y se preocupaba porque no se estresara lo más mínimo ya que les recomendó el médico que estuviera tranquila, puesto que el feto nota el estrés de la madre.  Y ella lo que más le pedía eran arándanos.  No sabía porqué había cogido esa manía, pero nunca los había comido, y ahora parecía que se los pedía el cuerpo.
Una noche le pidió que saliera a buscar, que le apetecían mucho, y él diligente en lo que le decía, salió en su busca rápidamente, antes de que cerraran la tienda.  Tardaba más de la cuenta y ella se puso un poco nerviosa, así que se asomó por la ventana a ver si le veía, pero nada.
Al rato, le vio aparecer y se cruzó con una chica.  Vio como se quedaban hablando y al poco se avalanzó sobre él.  Laura se quedó pensando: <<¿Quién será esta loca, que coge así a mi marido?>>.  Él se intentó desasir pero ella insistía y al final, consiguió despegarse y entró por la puerta.
Al entrar Laura le estaba esperando en la ventana.
–¿Quién era esa chica? –le preguntó sin decir ni hola.
–¿Quién? –contestó Miguel intentando poner cara de despistado.
–No te hagas el tonto Miguel, que te he visto por la ventana cómo discutías con una chica.
–¡Ah!, bueno mujer, no discutíamos, era una vecina que cada vez que me ve, intenta convencerme de que le digamos al del bar que no ponga la terraza, que le molesta el ruido.
–¿Qué vecina?
–Pues no sé, me parece que es la del segundo.  No me acuerdo cómo se llama.
–Ya…
Laura se quedó un poco mosca, pero al ver los arándanos se le pasó.
Llegó el sexto mes de embarazo y Laura ya tenía una barriga considerable.  Corría el mes de mayo y pensaron que sería buena idea ir a comer fuera para celebrar que iba todo viento en popa.  Luego fueron a dar un paseo por el retiro y Miguel le compró un ramo de rosas rojas a un vendedor ambulante que había en el parque.  A Laura que le gustaban todo este tipo de actos románticos le hacían los ojos chiribitas y se volvieron a casa sin ningún tipo de prisa.  Iban hablando y sobretodo Laura le comentaba cómo le gustaría que fuera la habitación de su bebé.  Estaba convencida de que era una niña, y pensó en volver a hacerse otra ecografía para saberlo.  A él le daba un poco igual, pero es cierto que si querían prepararlo todo para cuando llegara, tenían que saberlo.
Al llegar al portal de casa, había una mujer con un carro de niño y un bebé en brazos.  Laura le dijo a Miguel:
–¡Anda, vete a ayudarla!, que seguro que no puede entrar.
Sin embargo, él se quedó quieto y entonces ella tomando la iniciativa, se adelantó y abrió la puerta diciendo:
–¡Venga Miguel!, ¿qué te pasa?  ¿Estás alelao o qué? –dijo mientras se puso de forma que sujetaba la puerta– venga, ayúdale a entrar el carro.
–No hace falta, no quiero entrar –dijo la mujer con el bebé en brazos– sólo quería que Miguel viese a su hijo.

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