No hay rosas rojas (II)

 Miguel y Laura viajaron a Israel de luna de miel por expreso deseo de ella.  Laura siempre había tenido curiosidad por conocer los umbrales de la religión católica, y qué mejor lugar que Israel. Allí había nacido y muerto Jesús según cuentan los evangelios, y ella siempre había soñado con visitar esos lugares.  Miguel, complaciente, quiso darle ese capricho a su mujer, y al día siguiente cogieron un vuelo hacia Tel-Aviv.
Después de pasar un exhaustivo registro por parte de los guardias de la aduana de Israel y un interrogatorio policial casi criminal, se trasladaron a Jerusalén, una ciudad con cuatro religiones distintas, y cuatro clases de personas totalmente diferentes.  Se alojaron en un céntrico y lujoso hotel en la zona judía, y después de un leve descanso se perdieron por la ciudad. Iban cogidos de la mano atravesando calles estrechas, asimétricas y llenas de extrañas gentes con tenderetes de colores donde exponían sus mercancías. Estos despedían un mar de olores y sabores, inundando a los turistas que llenaban las callejuelas, gentes sin prisas que iban y venían, de diferente fisonomía, ropaje y pelaje, que mezclados con los oriundos formaban toda una mezcla de paisanaje extraño y pintoresco.  Tras quedar envueltos durante unas horas en este enclave, dieron por bueno el día y volvieron al hotel para cenar y descansar.
Al día siguiente en Jerusalén, los novios alquilaron un coche por tres días para poder desplazarse y conocer mejor todos aquellos misteriosos lugares. En primer lugar decidieron ir a ver el mar muerto. Conducía Miguel mientras iba cantando canciones de amor dedicadas a su mujer. Iban felices por aquellos parajes insólitos y desérticos, transitando por unas “carreteras” libres de oro negro, y levantando el típico montón de polvo marrón rojizo del lugar, pero iban felices, era su luna de miel y nadie se la iba a estropear.
El Mar Muerto se encontraba a unos sesenta kilómetros de Jerusalén, llevaban recorridos veinticinco cuando de pronto se encontraron con una barricada cortando la carretera. Detuvieron  el coche y se les acercaron dos kamikazes apuntándoles con un fusil, se subieron el ala de la gorra y con cara de pocos amigos el más alto, preguntó en inglés:
-¿Dónde van ustedes?
-Pues ahí vamos, a ver el mar muerto -contestó Miguel en inglés.
-Tienen ustedes cuatro horas para volver, si regresan después de las cinco tenemos orden de disparar hacia el lado opuesto de la frontera.
-De acuerdo –dijo Miguel, y rodeando la barricada cogió otra vez  la polvorienta carretera, Laura, seguía agarrotada en el asiento sin poder decir palabra.
-¿Te has quedado muda?
-¡Dios mío! qué susto me he llevado, pero bueno ¿pero esto qué es? ¿Es que están en guerra?
-A mí se me han puesto en la garganta.
-Ya se me han quitado las ganas de ir al mar muerto, mira Miguel, vamos a volvernos.
-Bueno mujer ya sabes que aquí esto funciona así, pero no pasa nada, no te preocupes.
-Mira, a ti no sé, pero a mi, me han amargado el día.
-Olvidémoslo.
Una hora después, luego de atravesar paisajes ocres sin una brizna de hierba llegaron a la orilla del mar muerto. Sus aguas tranquilas cual inmenso lago desprendían un fuerte olor a azufre, detuvieron el coche en su orilla y bajaron para poder tocar aquel agua de color amarillento-verdoso y mal oliente.
-Ahora entiendo por qué le llaman el mar muerto, es que está realmente muerto, aquí no hay vida, nunca he visto un agua y un mar más siniestro -dijo Laura.
-Bueno esto es una parte, la otra que es donde realmente están los hoteles y el turismo es más bonita  -dijo Miguel para animarla
-Y ¿está muy lejos?-preguntó ella.
-Según el mapa está a una hora más o menos todavía.
-Mira, Miguel, vamos a volvernos, porque por cualquier motivo nos pasa algo, o se nos rompe el coche y no estamos antes de las cinco donde nos ha dicho ese tipo, y a ver que hacemos.
-Pero bueno, no seas negativa, que no es para tanto.
-Mira Miguel, que yo con estos árabes no quiero bromas, porque éstos primero disparan y después preguntan.  Acuérdate del aeropuerto, que parecía que fuésemos delincuentes, a que vienen tantas preguntas como nos hicieron.
-La culpa de todo la tienes tú, por haber elegido semejante país, para viaje de luna de miel.
-Bueno lo siento, no sabía que fuera tan complicado viajar a estos países.
-Ya sabes que esta gente es un mundo aparte, siempre están en guerra y con follones.
Miguel cogió el coche y siguió bordeando la orilla para llegar a la zona turística y poder bañarse en el mar muerto, pero al ver la cara que llevaba la miedosa Laura, en un arranque de los suyos dio media vuelta al coche y puso de nuevo rumbo a Jerusalén.
Al día siguiente después de una noche loca de amor, entre besos y carantoñas bajaron a desayunar, pero no había desayuno.  Preguntaron al recepcionista y les dijo que eran los tres días del Sabbat, la fiesta de los rabinos y como estaban en la zona judía y la mayoría de los trabajadores eran judíos, pasaban los tres días rindiendo culto en las mezquitas rezando y cantando a su amado Dios. Por lo tanto, los hoteles no daban comida, ni hacían limpieza. Si los clientes querían comer, tenían que ir al barrio cristiano. Con cara de asombro Miguel y Laura cogidos de la mano salieron a la calle y cogieron el coche alquilado, después de varios intentos lo arrancaron y cuando se disponían a salir, se les acercó un guardia  y les dijo:
¿Dónde van ustedes? ¿no saben que en tres días no hay tráfico?, está paralizada la ciudad, no muevan el coche por su bien, porque les ponen una multa, estos tres días sólo funcionan las ambulancias.
Se quedaron mirándose el uno al otro con cara de póquer.  Sin más remedio, dejaron el coche y se encaminaron andando hacía el barrio cristiano que estaba a más de media hora andando.  Éste permanecía en movimiento con sus tiendas y restaurantes abiertos, el cual ocupa una cuarta parte de la ciudad de Jerusalén.  Perdidos por sus callejuelas y empapándose bien de  toda la vida y milagros de Jesús, María y José, los apóstoles y los abuelos de Jesús, pasaron los tres días de rezos de los rabinos. Eran conocidos éstos a primera vista por su peculiar casco negro estilo papa, que llevan cubriendo la coronilla de la cabeza, y que forman la comunidad judía.
Al cuarto día devolvieron el coche alquilado casi sin usar.  Este día tocaba un tour que habían contratado para conocer los kibbutz. Una forma de explotación agrícola colectiva, llevadas por grupos de familias israelitas estilo cooperativa. De este modo lo que antes eran unas tierras desérticas ahora habían llevado agua y lo habían convertido en auténticos vergeles, donde se produce toda clase de frutas y verduras a precios muy competitivos. Disfrutaron de los altos del Golan, el nacimiento del rió Jordán donde Juan bautizó   a Jesús. Vieron dónde pescaban los Apóstoles con el Maestro. Estuvieron en Belén, en Nazaret y en el mar de Galilea. Visitaron la ciudad de Haifa y se bañaron en la playa de Tel-aviv. Para Laura a pesar de algunas trifulcas con su esposo, que siempre perdonaba, disfrutaba muchísimo con su atractivo marido y de ese mundo árabe diferente, cuna del cristianismo, que tanto le había intrigado. Laura era así, quería llegar al fondo de todas las cuestiones existenciales, ella no se podía quedar a medias, cuando algo la inquietaba tenía que llegar a la raíz, y la religión católica siempre le había planteado dudas y para eso había ido a Israel, para conocer de primera mano todos aquellos lugares.
Ya en el viaje de novios, Laura se dio cuenta de cómo su marido atraía a las mujeres, tal vez fuera su pinta de hombre varonil, o tal vez era su mirada profunda e inquietante, que hablaba de cosas desconocidas y que sugerían sensaciones nuevas, sus ojos verdes eran fríos y nunca delataban sus pensamientos, tenían un halo de misterio.  Quizá porque gustaba a las mujeres,  a la vez que la enorgullecía también le inquietaba, porque en más de una ocasión tuvo que hacer uso de todos sus encantos para poder demostrar que Miguel era sólo de ella.  Sobretodo, a dos turistas alemanas que también iban en el tour, que al estar más liberadas sexualmente, no las importaba un comino insinuarse al atractivo Miguel.
Laura había ido virgen al matrimonio como casi todas las españolas de su época, no porque no hubiera tenido ocasión de pecar, ni porque tuviera la libido baja, sino porque era una chica católica, y además el sentido de la honra había pesado en su vida como una losa, y no concebía hacer el amor sino era con su marido. Tal vez esto también fuera lo que más atrajo a Miguel de Laura, que no había sido una chica fácil. La década de los setenta, tenía sus cosas malas y buenas, y una de las malas era que los jóvenes no podían disfrutar del sexo como ahora, principalmente por dos motivos. La naturaleza pesaba más que la ciencia y no era fácil evitar quedarse encinta porque no era fácil conseguir condones, pastillas, diús, ni nada parecido y apenas se sabía nada del ciclo de la mujer y su aplicación a la fertilidad.  El otro motivo, sin duda el que más pesaba era ético.  Si una chica se quedaba embarazada sin casarse, era tachada de mala reputación, y se consideraba la vergüenza de la familia, hasta el punto que, a muchas jóvenes las echaban de casa, porque así se limpiaba la familia de la deshonra que les había traído la hija soltera con el embarazo.
En los quince días de luna de miel por aquellas lejanas tierras, no olvidaron visitar ninguno de los míticos lugares del cristianismo que señala el evangelio, la carpintería de José, el monte de los olivos, Nazaret, Jericó, el castillo de herodes, el monte Sinaí, el mar de Galilea y todos le otorgaban a Laura un significado especial que daba sentido a su fe.
Israel es un país complicado como las gentes que lo habitan, y sobretodo Jerusalén, con cuatro religiones y cuatro idiomas diferentes, es una ciudad donde no se traducen las películas, y donde los letreros anunciadores de las tiendas están cuando menos en tres idiomas, hebreo, árabe, ingles y eventualmente ruso.  Por algún motivo, era donde más extraños se sentían Miguel y Laura. Su estancia allí les empezó a crear situaciones incómodas entre ellos sin ningún motivo aparente, tensiones y distensiones, amores apasionados y largos silencios, que a medida que iban visitando lugares y descubriendo cosas nuevas, quedaban menos entusiasmados y con más ganas de volver a la normalidad.  Quizás por el tiempo insuficiente de convivencia juntos antes de la boda o por exponerse juntos a diversas dificultades creadas, tuvieron un cúmulo de sensaciones propias de un noviazgo más largo y apegado.
Laura y Miguel se conocieron a la puesta del sol en un paseo marítimo de la costa del levante. Cruzaron sus miradas y sintieron un cosquilleo que recorrió sus cuerpos de arriba abajo. Aunque aquella tarde no se hablaron y cada uno se fue por su lado, la flecha de cupido nunca falla, y al día siguiente se volvieron a encontrar en el mismo lugar a las once de la mañana. Sólo entonces se dieron cuenta que había feeling entre ellos, ella iba con una amiga y él iba con un amigo.  Los cuatro pasaron tres maravillosos días, del puente de octubre, bañándose en un mar en calma, y tostándose en sus cálidas playas. Laura vivía en Madrid y Miguel en Barcelona,  pero para cupido no hay nada imposible, ni distancias insalvables.  Y aunque fueron 8 meses de aviones y aeropuertos, finalmente le pidió a Laura que se casara con él.  Ella no estaba segura de casarse tan pronto pero como le quería mucho aceptó su proposición, y a los 2 meses enviaron las invitaciones a la boda.
El trabajaba en un banco y le concedieron el traslado a Madrid y ella era funcionaria en el Ministerio de Cultura.  Los dos trabajaban a media jornada, por lo tanto comían juntos y tenía toda la tarde libre.
Todos los días hacían el amor dos veces, en la siesta y por la noche. Y si él algún día se retraía, ella procuraba que cambiase la situación, como eran jóvenes y además estaban muy enamorados, no resistía las tentaciones que le brindaba su mujer.
Así  pasaron  cinco  años maravillosos casi sin darse cuenta, y seguían en constante Luna de miel.  Eran dos “pura raza” y la atracción era fatal, saltaban chispas. No podían vivir el uno sin el otro, no podían estar cerca sin tocarse, era una atracción superior a ellos que no controlaban.  Esa fuerza de raza podía inclinar la balanza hacia un lado o hacia el otro, era un arma muy peligrosa, y sus noches siempre eran ardientes. Como los dos trabajaban y no tenían hijos, vivían desahogados económicamente. Viajaron por toda España y todo el mundo y todo era como un cuento de hadas.
Laura no podía creerse tanta dicha, un hombre atractivo a su lado y con el cual hacía viajes maravillosos, aunque también regañaban, y esto entristecía a Laura, que no comprendía  por qué queriéndose de aquella manera tuvieran lugar los enfados, pero Laura siempre perdonaba, y así no había caso.
Eran muy felices juntos, pero un día a Laura se le despertó el instinto materno que casi toda mujer lleva dentro, y le surgió la necesidad de tener un hijo, un hijo igual que Miguel.  Una noche se lo dijo a su marido, pero al principio él no dijo nada ni a favor ni en contra, y le seguía el juego.  Pasaron tres meses y no obtuvieron ningún resultado, y Laura veía con disgusto mes tras mes como le bajaba la regla frustrando todas sus ilusiones de ser madre.  Ella con el afán de quedarse embarazada, lo quería hacer a todas horas, y un día en que se fueron a pasar  el domingo al campo lo hicieron hasta seis veces, él estaba agotado, pero su mujer no quería desaprovechar ni un momento de fertilidad de su organismo, y se medía la temperatura por consejo del médico y era tal su obsesión que no pensaba en otra cosa.
Se le iban los ojos detrás de cualquier niño o niña que veía con su madre.  Se paraba para ver su carita y tocarles la cabeza.  No podía, ni quería pensar que ella no podía tener hijos.  Eran los dos sanos y jóvenes ¿por qué ella no se quedaba embarazada como cualquier mujer de su edad?  Tenía sólo veintiséis años, estaban sanos ¿por qué no se quedaba embarazada? soñaba con tener a su niño en brazos y no descansaría hasta lograrlo.   Fue al médico y se hizo análisis y pruebas de todas clases, pero no había evidencia de que hubiera algún problema.

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