Lo siento

Señores miembros del jurado,

Con esta carta me dirijo a ustedes, desde la celda número 43, con la seguridad de que una vez leída mi carta, van a comprender que tuve verdaderos motivos para hacer lo que hice.  Si hay algo que no soporto en esta vida es la hipocresía, sí los hipócritas, esos que te dicen una cosa cuando en realidad están pensando otra.
El día en que a mi padre le dio un amago de infarto, le llevé en mi coche al hospital, con la urgencia que el caso requería.  Y…ya saben sus señorías cómo funcionan las urgencias, que son de todo menos urgentes, así que desde que dejas al enfermo hasta que te dan noticias de él, han pasado tres horas.  Con las prisas me olvidé de que había dejado el coche allí mismo casi a la entrada, en un lugar que indica claramente -de eso me di cuenta después- “sólo ambulancias”.   De pronto me acordé del coche y cuando salí a retirarlo, allí estaba el guardia delante de mi coche indicándole a la grúa cómo proceder.  Me acerqué rápidamente y le dije que no se lo llevara, alegando en mi defensa las circunstancias, pero claro, él no me hizo ningún caso.  Entonces yo le dije que no hacía falta, que ya estaba allí y me podía llevar el coche sin molestar a nadie.  Él se enrocaba, diciendo que ya había llamado a la grúa, pero…que podíamos llegar a un acuerdo, si le pagaba cuatrocientos euros, para decirle a la grúa que se fuera.  Sintiéndome culpable, le pagué religiosamente al agente los cuatrocientos euros, para poder disponer de nuevo de mi antiguo y precioso coche.  Sin embargo, antes de irme, miré cómo el tipo aquel, estaba contando con total avaricia mis doscientos euros.  Él se percató de que le estaba mirando y con un gozo tal, que se le alegró hasta su silbato, y con una gran sonrisa y una ávida mueca me dijo: <<LO SIENTO…>> Le pedí el número de placa después de tal afrenta, pero no me lo dio, así que, como no quería pararme a discutir con él, estando mi padre aún ingresado, me dediqué a seguirlo, para ver en qué comisaría paraba.  A la tarde, fui a ver cómo estaba mi padre.  Llegué justo antes de que cerraran la UVI y me dijeron que pasaría allí la noche.
El caso es que al final se recuperó, pero no se me olvidaba la cara del agente aquel, por lo que le seguí durante dos días para saber dónde vivía y espié todos su movimientos.
Un día, esperé a que se parase a desayunar como siempre en el mismo bar, y le corté el cable de los frenos de la moto de gran cilindrada, que paseaba mirando por encima del hombro.  Me enteré que murió ese mismo día en acto de servicio al recibir un impacto de un autobús de la EMT.
Y es que cómo se puede ser tan hipócrita y decir “LO SIENTO” cuando la cara que tenía mientras le estaba pagando la multa, era de todo, menos de sentirlo.

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Visita inesperada (II)

Clavó los ojos en el móvil, y temblandole las piernas ante este anuncio se sentó en la cama. Comprobó el teléfono y era un número oculto.
Mentalmente repasó todas sus amistades y pocos conocían su número. De los que lo conocían, no encontró a nadie que tuviera humor para gastarle una broma así. Tal vez sería algún tío desequilibrado o despechado que intentaba burlarse o vengarse de ella ¿pero quién? Beatriz había menospreciado a muchos hombres, pues a pesar de encontrar a varios que le encendían la mecha, había estado perdidamente enamorada una vez, hasta que se dio cuenta de que era parte de un triángulo amoroso junto con su mejor amiga. Desde entonces decidió romper con su amiga, todas sus amigas comunes y todos los hombres, dando lugar a un periodo de incertidumbre en su vida amorosa, del que aún se estaba reponiendo.
Estaba en estas cavilaciones con el móvil en la mano, cuando volvió a sonar. Era otro mensaje que decía: “No te escapas”.
El silencio le cosía un nudo en el estómago, sintió un escalofrío y agarrotada en la cama se agarró fuerte a las sábanas, no dejando ninguna parte de su cuerpo sin tapar. Pensó llamar a la policía, pero…¿y si era una broma? Tendría que dejar todos sus datos, y esperar que vinieran… También pensó en llamar a algún vecino, pero vivía en un círculo muy cerrado, y el único vecino con quien trataba, muy a su pesar, era Enrique, que poco podría hacer ante un caco.
Para romper el silencio encendió otra vez la televisión, pero no dejaba de mirar de reojo por la habitación, le pareció oír a alguien en el descansillo y apagó la tele. Descalza y con los ojos como platos, se fue hacia la puerta, puso el ojo derecho en la mirilla, y vio salir del ascensor un hombre alto y fuerte con gorro de lana negro que entraba en el apartamento de Enrique.
–¡Qué raro! –se dijo para dentro Beatriz y siguió pensando –a lo mejor es que Enrique ha vendido el apartamento, aunque seguro que habría hecho lo imposible por venir a despedirse de mí.
Regresó a su habitación, y volvió a encender la tele, pasados unos minutos oyó, como si alguien estuviera metiendo la llave en la cerradura. Se quedó rígida, no sabía si ir a la cocina a por un cuchillo, o esconderse en el armario, pero sus piernas no la obedecían. <<¡Tranquilízate Bea!>> se dijo. Le pareció oír como si se abriera la puerta. Desesperada buscaba el móvil entre las sábanas. Por fin lo vio en la mesilla junto con las llaves, le pareció oír pasos, con manos incontroladas intentó marcar el 061, pero ya no le dio tiempo. Tenía enfrente de ella, allí en el dormitorio, al hombre que había entrado en la casa de Enrique.
–Hola Beatriz, soy David el hermano gemelo de Enrique –se parecían a rabiar, sólo que éste no tenía bigote y andaba con sus propias piernas.
–¿Qué hace aquí? ¿como ha entrado? –preguntó Beatriz estupefacta queriendo hacerse la valiente delante de aquel tío con gorro negro de lana, y de ojos penetrantes y fríos iguales que los de Enrique.
–Eso no es lo más importante ahora.
–Enrique nunca me dijo…
–¡Sí, ya sé! Tú no sabías que Enrique tenía un hermano…¿verdad? Pues ya ves, y somos como dos gotas de agua. Y no me ha gustado nada lo que me ha dicho mi hermano de ti. Dice que has sido una chica mala con él… ¡pobrecillo! –decía el intruso con sarcasmo.
–¿Qué quiere? –dijo Beatriz agarrándose todavía más fuerte a las sábanas.
–¿No lo adivinas? –dijo sacando lentamente una pistola del bolsillo.
Beatriz con el móvil en la mano intento marcar el 061 pero él se lo tiró de una patada.
–¡Demasiado tarde Bea!, ahora vas a pagar todo lo que le has hecho sufrir a mi hermano. ¡Tú!, que le desprecias, ¡pobrecillo!, lleva dos años soñando contigo, y tú le ignoras, porque está en silla de ruedas.
–¿Qué quiere de mí? –pregunto Beatriz consciente de que estaba delante de un hombre peligroso y desequilibrado.
–¿Todavía no lo adivinas? –decía jugando con la pistola.
–¡Por favor!, quiero ver a tu hermano –dijo ella para ganar tiempo.
–Te repito, demasiado tarde. Mi hermano ha sufrido mucho con tu desdén, ¿sabes? Tiene un alma muy sensible, pero aquí estoy yo para vengarle –y agarrándola por el escote de la camisa se la quitó de un tirón.
–¡Por favor, por favor!, no me haga daño –imploraba Beatriz.
–Eso…depende de ti –contestó encañonándola mientras rodeaba su cama acercándose cual león rodea a su presa–. Claro que…si eres amable conmigo –decía mientras le rozaba con la pistola el pezón de un pecho– puede que no pase nada, y quizás mi hermano te perdone. Mmm…desnuda estas mejor que vestida.
Beatriz estaba en tensión, le temblaba todo el cuerpo. Por un lado era imposible relajarse en aquellas circunstancias mientras sentía el frío hierro de la pistola en su piel, pero por otro lado tenía que obedecer a aquel salido si quería seguir viva. Armándose de valor, y aunque no le obedecían las piernas, con una gran sangre fría, cuando vio que él con una mano sujetaba la pistola y con la otra empezaba a quitarse los pantalones, decidió tomar la iniciativa:
–Siento haberle hecho daño a tu hermano, y te pido perdón por ello, pero que yo sepa al que he rechazado es a él. En realidad, puede que no necesites la pistola –dijo mientras le ponía la mano en el bello del pecho. Por un momento, esto le hizo relajar la tensión del brazo con el que sujetaba el arma, pero reaccionó con un violento gesto:
–¡Déjate de carantoñas y túmbate en la cama! –dijo él imperativamente.
–¡Espera David! si vamos a hacerlo, siempre me ha gustado poner música para estas cosas -y, temblando como una colegiala, sabiéndose rehén de un loco, quiso poner la tele, pero él la desenchufó diciendo:
–¿Quién te ha dicho que quiero que estés cómoda?
Beatriz obedeció, y él un poco nervioso, no tardó en desabrocharse los pantalones. Mientras sujetaba la pistola con fuerza, intentaba abrir de piernas a Beatriz para penetrarla y aunque ella se resistía débilmente, consiguió hacerse con la situación. Beatriz había pasado trances difíciles, pero este era el peor de su vida, estaba a punto de vomitar, pero comprendió que estaba jugando con un tipo peligroso y debía actuar con serenidad si valoraba en algo su vida. Cuando él iba a llegar al orgasmo, se relajó unos segundos y cerró los ojos echando la cabeza hacia atrás, momento que aprovechó Beatriz para quitarle la pistola, y golpearle con ella en la cabeza. Le dio el tiempo justo a reponerse del golpetazo, cuando vació sobre él todo el cargador, hasta que cayó desplomándose sobre ella.
La policía tardó treinta minutos en llegar al apartamento diecisiete. Beatriz estaba totalmente desnuda y llena de sangre acurrucada en un rincón con el móvil en una mano y la pistola en la otra. Al llegar, uno de los policías le puso un vestido y se la llevaron a la comisaría mientras otros tomaban muestras y fotos del cadáver.
Según averiguó la policía más tarde, hacía dos meses que Enrique había ido a operarse a estados unidos. Le habían hecho un trasplante de médula ósea y había podido volver a sujetarse sobre sus propias piernas, tiempo en el cual elaboró, de manera maquiavélica y morbosa, su venganza contra Beatriz.