Visita inesperada

Beatriz vivía en el ático, de un clásico edificio de los años 70, en una zona céntrica de la ciudad. Todas las mañanas se levantaba para ir al gimnasio, con la esperanza de mantener su cuerpo de medidas casi perfectas. Su piso era pequeño, pero muy bonito, pues lo tenía decorado a su antojo. Solía encontrarse todos los días con Enrique, el del A, un hombre fuerte y con bigote, que lucía algo de calva y se quería hacer el gracioso siempre que la veía. Empezó a salir antes de casa para no verle porque le parecía un poco baboso. Las veces que había venido a su casa para pedirle algún favor de vecino, la miraba desde su silla de ruedas que la desnudaba. Según le había contado él muchas veces, había sido piloto y como consecuencia de un accidente llevaba dos años sin poder mover las piernas, pero eso a ella lejos de crearle compasión le generaba aún más rechazo. Seguramente debido a su interesante rostro y una inteligencia superior a la media que le creaban una sensación de seguridad mayor sobre sus posibilidades reproductivas.
Al volver del gimnasio, tomaba una larga ducha de agua caliente, comía algo rápido, y se vestía para ir a trabajar. Su trabajo no le aportaba una gran satisfacción personal, pero sí una agradable recompensa económica, que ella daba por buena.
Tras una larga jornada, una voz por megafonía anunciaba el cierre en unos grandes almacenes en los que Beatriz trabajaba en la sección de perfumería. Había tenido un día agotador, atendiendo a clientas con más dinero del que pueden gastar, y más pesadas figuradamente que literalmente. No podía más. Aunque sus clientas le hacían engordar su complementos de productividad en nómina, estaba harta de viejas exigentes, y tenía la cabeza a punto de estallar.
–¡Por fin viernes! –exclamó para sí, y acto seguido cogió el móvil para quedar con sus amigas y distraerse un rato. Recubrirse de endorfinas era la salida fácil y puede que recibir eventualmente algún cumplido significaba lo contrario de su trabajo. En vez de tener que vender y obtener negativas o reclamaciones, era ella la que tenía siempre la razón. Según se acercaban los pretendientes, ella los iba despachando a costa de los múltiples y perfectamente esgrimidos argumentos que ofrecían a favor de su compañía.

Eran las dos de la mañana cuando metía el coche en el garaje de su casa. No era miedosa, pero siempre le imponía un poco salir del coche, a esas horas en la soledad del garaje, atravesar columnas y coches solitarios para llegar al ascensor en un silencio absoluto, sólo roto por el rítmico sonar de sus tacones. Sin querer miraba de reojo a ambos lados del garaje, cuando de pronto oyó como un pequeño ruido y miró para atrás. Le pareció ver alguna sombra, pero no vio a nadie. Se sintió observada por ojos silenciosos y movida por la inseguridad, y los efectos del vino, aligeró el paso. A esas horas, el silencio estremecía al más valiente, los veinte metros que separaban el coche del ascensor se le hicieron interminables. Por fin cogió el ascensor y respiró al cerrarse la puerta que la dejó en la decimoséptima planta. Ya en casa, dejó el bolso y la chaqueta, y se fue a la cocina, abrió el frigorífico y enrolló una loncha de queso light en otra loncha de jamón york y se lo comía mientras se quitaba el maquillaje con una toallita.
Minutos después se tumbó bocarriba en el sofá, quitándose los zapatos con los pies. No tenía fuerzas para más. Movida por la costumbre encendió la tele. Repasó la larga lista de canales sin detenerse mucho en ninguno. Cuando se convenció de que ningún programa iba a reportarle beneficios comparables con el sueño, la apagó y con la misma ropa que traía despanzurrada en el sofá, en seguida se quedó dormida. Estaba en el primer sueño cuando le despertó el teléfono escandalosamente. Jurando en arameo descolgó el auricular y no contestó nadie.
–¡Joder!, ¿quién será el cabrón que me despierta a estas horas para nada? –dijo Beatriz colgando el teléfono, que aprovechó para quitarse la ropa de calle mientras seguía jurando en arameo, se puso una amplia camiseta blanca de algodón y se fue a la cama.
A la media hora, cuando el reloj de la mesilla marcaba las cuatro menos veinte y ya estaba a punto de dormirse de nuevo, volvió a sonar el teléfono.
–¿Quién eres? ¿Qué quieres? –preguntó con ganas de matar a alguien, pero sólo escuchó unos jadeos como a lo lejos, colgó con un golpe y se preguntó en voz alta:
–¿Quién será el capullo que intenta darme la noche?
Se acurrucó en la cama pensativa. Estaba loca por dormir y algún mal nacido quería joderla. Pasados unos minutos se levantó y fue a mirar por si se había olvidado de echar la llave.
<<Tengo que instalar un seguro por dentro>> pensó mientras ponía un ojo sobre la mirilla. No vio a nadie y se volvió a meter en la cama y se quedó mirando el techo. Como movida por un resorte se incorporó y miró debajo de la cama. De repente se dio cuenta de lo ridículo que resultó, pues hacía mucho que ya no hacía esas cosas, así que sonrió, apagó la luz, y se volvió a meter entre las sábanas.

Bruscamente sonó su móvil, con manos temblorosas lo buscó dentro del bolso, lo miró y vio que recibió un mensaje: “Estoy tan cerca de ti que puedo oler tu perfume de violetas”

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