Conversaciones con tío Mauricio

        Mi abuela Casimira que ya estaba exenta de obligaciones laborales, tenía mucho tiempo libre para pararse a pensar y, sin querer, echaba la vista atrás para recorrer las etapas de su vida. Con mayor o menor satisfacción por lo vivido, casi siempre estas vacaciones del pensamiento le llevaban a sus raíces, a recrearse en su infancia.  Tal vez para probarse a si misma hasta dónde era capaz de recordar, o tal vez, porque de esa época tenía recuerdos felices.  Generalmente cuando solía rebobinar en su memoria, el pensamiento le lleva a su pueblo natal, Villalar de los Comuneros.  Un pequeño pueblo de Castilla y León que, en la actualidad, no supera los quinientos habitantes. Emigró a los diecisiete años con lo cual pasó allí los años de su infancia y adolescencia.
Yo la quería mucho, y me gustaba ir a visitarla, porque siempre que iba a su casa, me daba unas pastas aceitadas que hacía ella misma y que no había probado en ningún otro sitio igual.  A veces, me invitaba a su memoria para envolverme en sus recuerdos, yo creo que porque le recordaba a aquella niña joven que describía y, de alguna manera, le hacía sentir que su relato cobraba vida.  Cunado fui la semana pasada, me contó una historia que a pesar de haber sucedido hacía muchos años, todavía era capaz de desgranar todos y cada uno de los detalles.
Nos sentamos a tomar café y comer las pastas mientras se balanceaba en su mecedora, yo creo que para hacerse la interesante y empezó a recordar:
Según marcaba el calendario zaragozano, corría el año 1950 y, por aquella fecha, tendría yo unos ocho o nueve años.  Vivía en el barrio de las hoces y justo enfrente había una casa un tanto peculiar.  Parecía muy vieja, y con la puerta de entrada desvencijada.  Estaba dividida en dos mitades según el uso de épocas antiguas, supongo que para abrir sólo la parte de arriba, y así poder asomarnos a la calle protegiendo los pies del frío en aquellos gélidos inviernos.  La casa tenía tres ventanas que casi siempre estaban cerradas.  Con la curiosidad que da la infancia, un día le pregunté a mi madre si sabía algo de aquella casa vieja o si vivía alguien allí.  Mi madre sin interesarse por el tema que a mí tanto me preocupaba, me dijo:
        -Olvídate de esa casa, que eres muy curiosa.
        Un día, cuando ya estaba casi olvidando aquel asunto, regresando de la escuela antes de lo normal porque la maestra tuvo que salir antes de tiempo, oí un ruido y, distraídamente, miré para la puerta y vi con mis propios ojos como se cerraba.  Me recorrió un escalofrío por la espalda y me metí corriendo en casa.  Pero una vez dentro, me puse a mirar por el ojo de la cerradura y a observar expectante lo que allí pasara, desde la seguridad que me daba ocultarme tras la puerta de entrada de mi casa.  Pasados unos cinco minutos, vi salir de la casa a una chica joven de pelo moreno, llevaba un capacho, y vi cómo cerraba la puerta otra vez.
–Abuela, ¿qué es un capacho? –le pregunté intrigada.
–Es como un capazo, pero de mimbre y para llevar comida, normalmente.
–¡Ah!–respondí tras quedar satisfecha con su respuesta, y prosiguió:
El caso es que eso confirmaba mis sospechas de que vivía alguien ahí.  Mi curiosa imaginación no me dejaba en paz y venció a mi temor a lo desconocido.  Una vez que se hubo alejado la chica, salí y puse mi oreja pegada a la misteriosa puerta.  Entonces oí unos extraños ruidos lejanos.  Tentada estuve de dar la vuelta al picaporte y descubrir algo, pero al final el miedo ganó la batalla.  Por mi corta edad, me imaginaba monstruos con siete cabezas o un animal con un rabo largo y grandes orejas o cosas así.  Aquella noche pensando en mi cuarto después de cenar, decidí que sería valiente y el próximo día entraría.   Me fui a la escuela y Doña Amelia, mi maestra, me tuvo que llamar la atención porque no atendía en clase, de hecho casi no dormí pensando en abrir la puerta y aventurarme en aquel misterioso lugar.  Llegada la hora de salir, me vine corriendo para ver a la chica morena con el capacho, pero no la vi.  Así que esperé pacientemente sobre la misma hora por si se abría la puerta.  El chirriar de sus goznes al abrirse y ese halo de misterio de mi madre por no darme explicaciones, me produjo más interés que el que tenía por ir a jugar con mis amigas del barrio.  De pronto vi venir a la chica morena calle arriba y al llegar a mi calle, ni corta ni perezosa, le salí al paso y le pregunté con párvula candidez:
    –¡Hola!, ¿tú quién eres? –le pregunté de sopetón, y la chica morena me dijo:
    –¡Uy!, ¡hola!, yo me llamo Julia, y ¿tú?
    –Me llamo Cristina.  Y, ¿por qué vas a esa casa?
    –¿Por qué lo quieres saber? –me preguntó.
    –Porque ahí no vive nadie –le dije esperando una negativa por su parte.
    –¡Eres una niña muy curiosa!
    –¿Puedo entrar contigo? –le pregunté.
   –¡No! –me contestó secamente, y me dio con la puerta en las narices.  Con más curiosidad que nunca estuve haciendo guardia todo el sábado, y confirmé que venía tres veces al día, siempre coincidiendo con las horas de la comida.
        Lo que traía o llevaba en el capacho, era una incógnita.  Como cada vez me tenía más intrigada, lejos de olvidarme, me entró más curiosidad, y lo tomé como un reto personal.  Tenía que saber quién vivía ahí.  Como un detective, monté guardia a la puerta, olvidándome de ir a jugar con mi amiga Chichi y mi amigo Juan Antonio a la rayuela.  Me propuse al día siguiente, que era Domingo, entrar después de que se fuera Julia.

        Después de venir de misa, esperé impaciente detrás de mi cerradura a que se abriera la puerta, y cuando vi que se marchaba, salí de mi escondite y agarré el picaporte. Afortunadamente, en aquella época nadie en Villalar cerraba las puertas con llave, sólo existía el picaporte y el cerrojo, pero éste casi nunca se echaba. Tal vez, porque en las casas no había nada que atrajera a los ladrones, o porque la mayoría de la gente era respetuosa con lo ajeno.  El caso es que abrí la puerta lentamente con un poco de miedo, y como el que espera descubrir un misterio, entré.

·  ·  ·

El pañuelo (II)

Alberto tenía hoy muchas ganas de ver a Evelin, pues iba a decirle que se le había ocurrido una idea fenomenal de inversión, y él sabía que por algún motivo despertaba la pasión que llevaba dentro, y quizá a él mismo también.  Se había enterado de que una tienda de ropa pasaba por dificultades financieras y que sería fácil, y sobretodo barato, comprarle la tienda.  La verdad es que la tienda era lo de menos, pero estaba en un sitio que él consideraba estratégico, de cara a vendérselo a unos grandes almacenes.  No es que fuera un visionario, pero tampoco jugaba a ciegas.  Un amigo suyo resultó que estaba en el comité ejecutivo de esos grandes almacenes, le comentó que estaban pensando en ampliar su área de influencia para llegar más a la gente de los barrios del extrarradio, donde creía que se iban a asentar los centros comerciales en el futuro.
El caso es que además preparó la mesa, con velas, flores, aromas de lavanda y vainilla, todo lista para una cena romántica para que se desentendiera de la reunión y se relajara junto a su confiado marido.  Pensó que todo iba a salir a pedir de boca.

En el Eurobuilding, la reunión transcurrió con normalidad.  Evelin salió satisfecha, aunque no pudo dejar de pensar en el que le quitó el pañuelo.  De la misma manera que le gustaba tener controlado su dinero y sus inversiones, le gustaba tener sus cosas bajo control, y perder el control sobre una de sus cosas le indignaba lo suficiente como para no olvidarlo fácilmente.
Con el fin de evitar un hecho parecido, Evelin decidió coger un taxi hasta la oficina, donde dejó el coche, para ir a casa.  Nada más salir de la oficina, vio uno, y al pararlo se dio cuenta de que el taxista era extranjero, por lo que optó por no cogerlo, y esperar a otro.
Fue caminando calle abajo hasta que llegó otro.
–¡Buenas noches! –dijo ella.
–¡Buenas! –contestó el taxista.
Una vez comprobó que tenía acento “de la tierra” se subió y le indicó la dirección de su oficina.
–De acuerdo, llegaremos en seguida –contestó de manera muy educada.
Evelin repasó su agenda y el boceto del acta resumen de la reunión, para presentarlo a su equipo al día siguiente.  Generalmente, este era el motivo por el que no le gustaba ir a las reuniones en coche.  Si al salir, en el trayecto podía dejar el acta cerrada, no tenía que llevarse el trabajo a casa.
La verdad es que Evelin no era una mujer que pasara desapercibida, precisamente, y al taxista que la miraba a través del retrovisor de vez en cuando, tampoco.  Se veía una mujer muy atractiva y al no tener el pañuelo al cuello, invitaba a deslizar la mirada de cualquier hombre que midiera más de un metro setenta.  Ella, bien conocedora de sus embriagadores encantos, lejos de ruborizarse o sentir deseos de impedir el generoso deleite del público, se crecía, usándolo a su favor, sobretodo en lo que a negocios se refiere.
Se fijó también en su alianza, lo que empujó al taxista a dar un giro en el trayecto que se supone que debería recorrer.
A los dos minutos, Evelin sintió que ya deberían haber llegado, y levantó la mirada para comprobar que, efectivamente, el taxista se había desviado de la ruta más corta.
–¡Disculpe!, ¿sabe dónde es? –preguntó con tono humillante para un taxista que debería conocerse la biblia.
–¡Sí!, tan solo vamos a cambiar la ruta porque a estas horas suele haber mucho tráfico en Cibeles.
–Pues yo creo que no –dijo desafiante– debería volver ahora mismo a la ruta que llevaba.  Y no me dé rodeos…¡Que no se los pienso pagar!  A ver si se ha creído que soy extranjera!
–No señora, no se preocupe, en seguida volvemos a la ruta.
El taxista dio un volantazo y aceleró pero no sólo no cambió la ruta, sino que la llevó a un callejón sin salida y oscuro.  Ella, al ver el acelerón que imprimió, recogió sus cosas lo más discretamente posible en su bolso y su portafolios y se quitó los zapatos de tacón.
Al parar, abrió la puerta rápido para escapar de la encerrona, pero él fue más rápido y le cerró el camino.  Evelin no sabía cómo actuar.  No veía a nadie para pedir ayuda, por lo que gritó lo más fuerte que pudo en busca de ayuda, y para impedirlo se abalanzó sobre ella.  Intentó esquivarle, y estuvieron un rato jugando al gato y al ratón, hasta que por fin consiguió inmovilizarla.  Evelin estuvo gritando todo lo que pudo hasta que le tapó la boca.  Después de un mordisco, el que gritó fue él, pero rápidamente se rehízo y le golpeó en la cabeza dejándola ida por unos momentos.  Aprovechó para quitarle el dinero de la cartera, los anillos y los abalorios que llevaba.  Finalmente se decidió a abusar de ella sobre el suelo.
Al principio del callejón apareció un hombre de baja estatura que viendo la escena, se acercó diciendo:
–¡Eh!, ¡óigame!, ¿qué está pasando?
–¡Métete en tus asuntos! –dijo girándose y amenazándole con el puño.
El hombre se apresuró hacia ellos pues vio un bolso de cadena de oro tirado en el suelo.  El recientemente descubierto acosador, se rehízo y se dio la vuelta encarando al desconocido.
–¡Déjame en paz! y vuelvete por donde has venido –le espetó en tono amenazador.
Evelin recuperó el conocimiento y al verse liberada, se intentó levantar, pero lo más que consiguió, fue ganar distancia respecto del acosador huyendo a gatas.
Los dos se enzarzaron en una pelea que fue ganando en violencia hasta que dio con la cabeza del acosador en el taxi, quedando noqueado.
Inmediatamente después, se acercó a la chica diciendo:
–Disculpe usted, ¿se encuentra bien, señorita?
–Sí –dijo tímidamente ella desde el suelo, con la blusa enjironada.
–No se preocupe usted, señorita.  Tenga mi chamarra.  Tápese con ella –dijo él conmovido por la situación, ayudandole a levantarse.
Mientras era sujetada por sus brazos fuertes, Evelin se quedó estupefacta, mirándole con los ojos llorosos y dijo:
-¡Pero si eres peruano!

El pañuelo

–¡Cariño, ya estoy en casa! –dijo Alberto abriendo la puerta.
–Estoy en la cocina chiqui –contestó Evelin.
–Qué me ha hecho hoy mi mujercita de comida que huele tan bien –dijo Alberto acercándose a la vitrocerámica.
-Paella -contestó Evelin y se dieron un cariñoso beso.
-¡Huy!, cada vez esta mejor mi tortuguita -dijo Alberto cogieniéndola de la cintura por detrás ajustándose a su anatomía.
-Déjame que luego llego tarde al trabajo -dijo ella luchando por desasirse de su marido.
-A ver si cambias de trabajo, no me gusta pasar las tardes solo.
-¿Y por qué no cambias tú? -dijo ella.
-Mi trabajo es intocable -dijo él.
-Bueno, no empecemos otra vez chipironcito.
-Siempre me dejas solo cuando más te necesito -insistía él.
-Guarda tus energías para la noche -dijo insinuante ella.
-Pero dame un adelanto -imploraba él.
-No puedo, déjame que llegaré tarde, no seas pegajoso.  ¡Ah!  por cierto esta noche tengo junta de accionistas a las siete en el Hotel Eurobuilding, llegaré a las diez.
-Porque no asistas tú no se va a hundir la compañía, ¿no, tortuguita?
-Cierto, pero me gusta saber como invierten mi dinero.
-¿Y es necesario que te pongas tan guapa para asistir a una reunión de viejos decrépitos? Me voy a poner celoso.
-Simplemente es un traje de chaqueta, no es para tanto.
-Que te sienta muy bien, y además de ajustado, la falda es corta.
-¡Moro!
-¿Y ese pañuelo de seda al cuello, en llamativos colores? Estás para que te atraquen.
-Me lo regalaste tú, es el de Picasso ¿no te acuerdas cariño?
-Evelin no vayas, no te van a echar de menos, ni se va a hundir la bolsa sin tu presencia.
-Ya lo se, pero me gusta saber de primera mano como van mis acciones. Ten paciencia, luego será  más intenso. Chao mi chipironcito -dijo Evelin dando los morritos a su marido y salió a toda prisa. En verdad, la daba rabia tener un trabajo a distintas horas que Alberto, pero le gustaba su trabajo, se sentía bien, podía llevar a los niños al colegio, arreglar la casa, hacer la comida, etc.  Además sólo trabajaba de dos y media a ocho. No se puede tener todo.

Llegaron las ocho y Evelin en lugar de coger el coche para ir  a la Junta, pensó mejor dejarlo aparcado y cogió el bus de la línea 27, ya que sólo había cuatro paradas desde su trabajo hasta el hotel. En la siguiente parada el autobús se llenó de gente, iban como sardinas.  Entraron dos chicos de muy buen ver con acento argentino, y uno el más guapo en uno de los arranques se abalanzó literalmente sobre Evelin, echándola una mochila por delante y dejándola casi inmovilizada, maniobra que le hizo sospechar. Inmediatamente Evelin echó mano a su bolso de piel,  solamente cerrado por la presión de dos botones imantados, y cuál no sería su sorpresa, que casi atrapa la mano del guapo argentino, intentando conseguir su cartera.  Evelin no se pudo callar y sin complejo alguno, dijo en voz alta:
-Eres un ladrón, has intentado robarme la cartera -a lo que el guapo mozo de la mochila contestó:
-Yo, pero señora a mi que me registren.
-Pero oiga no me niegue eso, que le he cogido la mano intentando abrir mi bolso -los viajeros miraban entre incrédulos y asustados.  Las señoras desconfiadas aprisionaban sus bolsos por si acaso, y el conductor del autobús aunque revisaba por el rabillo del ojo el retrovisor, no dejaba de prestar atención al tráfico.

<<Menos  mal que me he dado cuenta -pensaba Evelin- si no me echo la mano al bolso en ese instante, me había robado la cartera y me habría hecho la puñeta.  Estos extranjeros, la mayoría sólo vienen a robar, desde luego estamos padeciendo una invasión entre sudacas, negros, polacos, marroquíes… ¡válgame Dios!  Y la mayoría no nos traen nada bueno, que hijo de puta, estoy temblando, cómo que me ha hecho sentir miedo el cabrón, y encima lo niega, será hijo de la Gran Bretaña. Nada no se puede salir sin coche, a lo que hemos llegado, y menos mal que he sido lista>>.

Una vez en el hotel Eurobuilding, Evelin se dirigió al mostrador.
-Buenas noches, la junta de accionistas de Indra, por favor.
-¡Buenas noches!, en el salón B al fondo, ¿tiene la invitación? -Evelin se la entregó.
-Muy bien pase.
En ese momento, instintivamente, Evelin miró para atrás y vio en el pasillo como el argentino a varios metros de distancia, la enseñaba con  recochineo su pañuelo de seda de Picasso, se miró y dijo entre dientes:
-¡Hijo de puta!
-¿Decía algo señora? -quiso interesarse la amable azafata desde el mostrador.
-No nada…

·  ·  ·

No hay rosas rojas (III)

Laura rezaba a todos los santos y todos los ángeles conocidos, pero sintiéndose ignorada, no podía escapar de un mar de frustraciones, del que Miguel intentaba vanamente alejar a su esposa.
A Laura le apetecía cada vez menos querer a su marido y bajaron considerablemente la frecuencia, algo que no gustó especialmente a Miguel, con lo que se empezaron a distanciar.
Llegó hasta un punto tal, que casi no se hablaban al llegar a casa, que a Laura le parecía sombría y triste.  Miguel empezó a tardar más en llegar del trabajo, pues ya no sentía la misma motivación para volver a casa.
Pasaban ya 10 meses desde que empezaron a intentarlo y Laura se empezó a sentir mal, sobretodo moralmente.  Miguel veía que no paraba de perder peso y sentía una especie de culpa o preocupación a partes iguales.  Un día decidió salir antes del trabajo para darle una sorpresa a su esposa.  Llegó con un enorme ramo de rosas rojas y entró en casa.  Quiso hacerlo en silencio para sorprenderla, aunque la sorpresa se la llevaría él cuando oyó, ya desde el pasillo, unos ruidos escandalosos que no sonaban a la cautivadora voz dulce de su mujer.  Se acercó y al abrir la puerta entreabierta que daba acceso al dormitorio en suite, vio como Laura, desde el baño, apoyada en la taza no paraba de vomitar.  Miguel se quedó parado con las rosas en la mano y la cara inmóvil.  Ella levantó la cara y tras un pequeño sobresalto al verle le preguntó:
–¿Qué haces aquí tan pronto?
–¿Qué significa esto? –dijo Miguel con un tono de voz sumamente elevado al contemplar la escena.
–¿Cómo? –consiguió articular Laura en un intento de emitir algún sonido reconocible.
–O sea, que cuando no estoy te dedicas a vomitar. ¡Por eso te estás quedando tan delgada! –tiró las rosas contra el suelo y salió de casa diciendo– ¡Me voy para no seguir viendo cómo te torturas!
Laura que aún no se había recompuesto muy bien de lo sucedido, se miró al espejo, se lavó la cara y recogió las flores.
Después de todo este tiempo no entendía el detalle de Miguel, ni su reacción posterior.  Pensó en salir a buscarle, pero hacía tanto que no hablaban que no sabría por dónde empezar, así que llamó a una amiga y le contó lo sucedido.
Miguel, que salió de casa, sin entender muy bien qué se le habría pasado por la cabeza, para empezar a adelgazar a base de vomitar, de repente pensó, que debería volver a casa pues temía un desastre mayor.  Instintivamente aceleró el paso y terminó llegando a casa corriendo.
Subió de nuevo y abrió la puerta pero no encontró a Laura allí.  Lo cuál le hizo volverse loco.  ¿Dónde podría estar?  ¿Qué se le habría ocurrido hacer?  Miguel temía lo peor y no sabía qué hacer ni a quién recurrir.  De pronto, se le ocurrió mirar en su agenda para ver el teléfono de su amiga Nieves.
–¡Hola Nieves! –dijo él cuando oyó que contestaba– soy Miguel, el esposo de Laura.
–¡Hombre!  ¡Hola Miguel!, ¡me alegro mucho! –le respondió.
–Oye perdona, no tengo tiempo, ¿tú sabes dónde está Laura?
–Me ha llamado hace 5 minutos, ¿no está en casa?
–¡Ah sí! Y, ¿qué te ha dicho?
–¡Hombre!, pues qué va a ser, la gran noticia.
–¿Cómo? –pensó en voz alta Miguel, que de repente oyó la puerta y rápidamente tiró el teléfono sobre el sofá acercándose a la puerta.
Se quedó quito delante de Laura, y los dos se quedaron mirándose por un segundo.  Miguel tomó la iniciativa y se abalanzó sobre ella diciendo:
–¡Perdóname Laura!  No sé qué te ha llevado a esta situación, pero haré lo imposible porque te sientas mejor.  Sé que hemos estado muy distantes estos meses, pero de verdad que te prometo que ya se ha acabado y que va a cambiar.  Nunca más voy a dejar pasar un día sin saber de ti –dijo Miguel en un tono mezcla de llanto y arrepentimiento– pero por favor, deja de hacer eso que estás haciendo y cuídate.  Si no voy a cuidar yo de ti.
–Pero, ¿qué dices Miguel? –dijo Laura sin saber muy bien qué le estaba contando.
–¡Te he visto vomitar hace un momento!, lo estás haciendo para intentar dejar este mundo…
–¡Ja ja ja! –le interrumpió Laura– ¡Pero qué dices, hombre!  Se abrazó a él y le dijo que no se preocupara.
Se fueron juntos a la cama y le explicó el porqué de sus vómitos.  Entonces él le explicó el porqué de las flores y los dos se abrazaron y terminaron queriéndose como nunca.
Pasó el primer trimestre de embarazo, y cesaron prácticamente los vómitos y Laura empezó a coger peso.  Fue a hacerse la ecografía y el médico les dijo que iba todo bien y que el bebé estaba sano.  No pudo descifrar el sexo pero eso a ellos les daba igual.  Estaban entusiasmados con el nacimiento del retoño.
Miguel se esforzaba todo lo que podía por hacerla sentir bien y Laura se sentía como una reina.  Le concedía todos los antojos y se preocupaba porque no se estresara lo más mínimo ya que les recomendó el médico que estuviera tranquila, puesto que el feto nota el estrés de la madre.  Y ella lo que más le pedía eran arándanos.  No sabía porqué había cogido esa manía, pero nunca los había comido, y ahora parecía que se los pedía el cuerpo.
Una noche le pidió que saliera a buscar, que le apetecían mucho, y él diligente en lo que le decía, salió en su busca rápidamente, antes de que cerraran la tienda.  Tardaba más de la cuenta y ella se puso un poco nerviosa, así que se asomó por la ventana a ver si le veía, pero nada.
Al rato, le vio aparecer y se cruzó con una chica.  Vio como se quedaban hablando y al poco se avalanzó sobre él.  Laura se quedó pensando: <<¿Quién será esta loca, que coge así a mi marido?>>.  Él se intentó desasir pero ella insistía y al final, consiguió despegarse y entró por la puerta.
Al entrar Laura le estaba esperando en la ventana.
–¿Quién era esa chica? –le preguntó sin decir ni hola.
–¿Quién? –contestó Miguel intentando poner cara de despistado.
–No te hagas el tonto Miguel, que te he visto por la ventana cómo discutías con una chica.
–¡Ah!, bueno mujer, no discutíamos, era una vecina que cada vez que me ve, intenta convencerme de que le digamos al del bar que no ponga la terraza, que le molesta el ruido.
–¿Qué vecina?
–Pues no sé, me parece que es la del segundo.  No me acuerdo cómo se llama.
–Ya…
Laura se quedó un poco mosca, pero al ver los arándanos se le pasó.
Llegó el sexto mes de embarazo y Laura ya tenía una barriga considerable.  Corría el mes de mayo y pensaron que sería buena idea ir a comer fuera para celebrar que iba todo viento en popa.  Luego fueron a dar un paseo por el retiro y Miguel le compró un ramo de rosas rojas a un vendedor ambulante que había en el parque.  A Laura que le gustaban todo este tipo de actos románticos le hacían los ojos chiribitas y se volvieron a casa sin ningún tipo de prisa.  Iban hablando y sobretodo Laura le comentaba cómo le gustaría que fuera la habitación de su bebé.  Estaba convencida de que era una niña, y pensó en volver a hacerse otra ecografía para saberlo.  A él le daba un poco igual, pero es cierto que si querían prepararlo todo para cuando llegara, tenían que saberlo.
Al llegar al portal de casa, había una mujer con un carro de niño y un bebé en brazos.  Laura le dijo a Miguel:
–¡Anda, vete a ayudarla!, que seguro que no puede entrar.
Sin embargo, él se quedó quieto y entonces ella tomando la iniciativa, se adelantó y abrió la puerta diciendo:
–¡Venga Miguel!, ¿qué te pasa?  ¿Estás alelao o qué? –dijo mientras se puso de forma que sujetaba la puerta– venga, ayúdale a entrar el carro.
–No hace falta, no quiero entrar –dijo la mujer con el bebé en brazos– sólo quería que Miguel viese a su hijo.

No hay rosas rojas (II)

 Miguel y Laura viajaron a Israel de luna de miel por expreso deseo de ella.  Laura siempre había tenido curiosidad por conocer los umbrales de la religión católica, y qué mejor lugar que Israel. Allí había nacido y muerto Jesús según cuentan los evangelios, y ella siempre había soñado con visitar esos lugares.  Miguel, complaciente, quiso darle ese capricho a su mujer, y al día siguiente cogieron un vuelo hacia Tel-Aviv.
Después de pasar un exhaustivo registro por parte de los guardias de la aduana de Israel y un interrogatorio policial casi criminal, se trasladaron a Jerusalén, una ciudad con cuatro religiones distintas, y cuatro clases de personas totalmente diferentes.  Se alojaron en un céntrico y lujoso hotel en la zona judía, y después de un leve descanso se perdieron por la ciudad. Iban cogidos de la mano atravesando calles estrechas, asimétricas y llenas de extrañas gentes con tenderetes de colores donde exponían sus mercancías. Estos despedían un mar de olores y sabores, inundando a los turistas que llenaban las callejuelas, gentes sin prisas que iban y venían, de diferente fisonomía, ropaje y pelaje, que mezclados con los oriundos formaban toda una mezcla de paisanaje extraño y pintoresco.  Tras quedar envueltos durante unas horas en este enclave, dieron por bueno el día y volvieron al hotel para cenar y descansar.
Al día siguiente en Jerusalén, los novios alquilaron un coche por tres días para poder desplazarse y conocer mejor todos aquellos misteriosos lugares. En primer lugar decidieron ir a ver el mar muerto. Conducía Miguel mientras iba cantando canciones de amor dedicadas a su mujer. Iban felices por aquellos parajes insólitos y desérticos, transitando por unas “carreteras” libres de oro negro, y levantando el típico montón de polvo marrón rojizo del lugar, pero iban felices, era su luna de miel y nadie se la iba a estropear.
El Mar Muerto se encontraba a unos sesenta kilómetros de Jerusalén, llevaban recorridos veinticinco cuando de pronto se encontraron con una barricada cortando la carretera. Detuvieron  el coche y se les acercaron dos kamikazes apuntándoles con un fusil, se subieron el ala de la gorra y con cara de pocos amigos el más alto, preguntó en inglés:
-¿Dónde van ustedes?
-Pues ahí vamos, a ver el mar muerto -contestó Miguel en inglés.
-Tienen ustedes cuatro horas para volver, si regresan después de las cinco tenemos orden de disparar hacia el lado opuesto de la frontera.
-De acuerdo –dijo Miguel, y rodeando la barricada cogió otra vez  la polvorienta carretera, Laura, seguía agarrotada en el asiento sin poder decir palabra.
-¿Te has quedado muda?
-¡Dios mío! qué susto me he llevado, pero bueno ¿pero esto qué es? ¿Es que están en guerra?
-A mí se me han puesto en la garganta.
-Ya se me han quitado las ganas de ir al mar muerto, mira Miguel, vamos a volvernos.
-Bueno mujer ya sabes que aquí esto funciona así, pero no pasa nada, no te preocupes.
-Mira, a ti no sé, pero a mi, me han amargado el día.
-Olvidémoslo.
Una hora después, luego de atravesar paisajes ocres sin una brizna de hierba llegaron a la orilla del mar muerto. Sus aguas tranquilas cual inmenso lago desprendían un fuerte olor a azufre, detuvieron el coche en su orilla y bajaron para poder tocar aquel agua de color amarillento-verdoso y mal oliente.
-Ahora entiendo por qué le llaman el mar muerto, es que está realmente muerto, aquí no hay vida, nunca he visto un agua y un mar más siniestro -dijo Laura.
-Bueno esto es una parte, la otra que es donde realmente están los hoteles y el turismo es más bonita  -dijo Miguel para animarla
-Y ¿está muy lejos?-preguntó ella.
-Según el mapa está a una hora más o menos todavía.
-Mira, Miguel, vamos a volvernos, porque por cualquier motivo nos pasa algo, o se nos rompe el coche y no estamos antes de las cinco donde nos ha dicho ese tipo, y a ver que hacemos.
-Pero bueno, no seas negativa, que no es para tanto.
-Mira Miguel, que yo con estos árabes no quiero bromas, porque éstos primero disparan y después preguntan.  Acuérdate del aeropuerto, que parecía que fuésemos delincuentes, a que vienen tantas preguntas como nos hicieron.
-La culpa de todo la tienes tú, por haber elegido semejante país, para viaje de luna de miel.
-Bueno lo siento, no sabía que fuera tan complicado viajar a estos países.
-Ya sabes que esta gente es un mundo aparte, siempre están en guerra y con follones.
Miguel cogió el coche y siguió bordeando la orilla para llegar a la zona turística y poder bañarse en el mar muerto, pero al ver la cara que llevaba la miedosa Laura, en un arranque de los suyos dio media vuelta al coche y puso de nuevo rumbo a Jerusalén.
Al día siguiente después de una noche loca de amor, entre besos y carantoñas bajaron a desayunar, pero no había desayuno.  Preguntaron al recepcionista y les dijo que eran los tres días del Sabbat, la fiesta de los rabinos y como estaban en la zona judía y la mayoría de los trabajadores eran judíos, pasaban los tres días rindiendo culto en las mezquitas rezando y cantando a su amado Dios. Por lo tanto, los hoteles no daban comida, ni hacían limpieza. Si los clientes querían comer, tenían que ir al barrio cristiano. Con cara de asombro Miguel y Laura cogidos de la mano salieron a la calle y cogieron el coche alquilado, después de varios intentos lo arrancaron y cuando se disponían a salir, se les acercó un guardia  y les dijo:
¿Dónde van ustedes? ¿no saben que en tres días no hay tráfico?, está paralizada la ciudad, no muevan el coche por su bien, porque les ponen una multa, estos tres días sólo funcionan las ambulancias.
Se quedaron mirándose el uno al otro con cara de póquer.  Sin más remedio, dejaron el coche y se encaminaron andando hacía el barrio cristiano que estaba a más de media hora andando.  Éste permanecía en movimiento con sus tiendas y restaurantes abiertos, el cual ocupa una cuarta parte de la ciudad de Jerusalén.  Perdidos por sus callejuelas y empapándose bien de  toda la vida y milagros de Jesús, María y José, los apóstoles y los abuelos de Jesús, pasaron los tres días de rezos de los rabinos. Eran conocidos éstos a primera vista por su peculiar casco negro estilo papa, que llevan cubriendo la coronilla de la cabeza, y que forman la comunidad judía.
Al cuarto día devolvieron el coche alquilado casi sin usar.  Este día tocaba un tour que habían contratado para conocer los kibbutz. Una forma de explotación agrícola colectiva, llevadas por grupos de familias israelitas estilo cooperativa. De este modo lo que antes eran unas tierras desérticas ahora habían llevado agua y lo habían convertido en auténticos vergeles, donde se produce toda clase de frutas y verduras a precios muy competitivos. Disfrutaron de los altos del Golan, el nacimiento del rió Jordán donde Juan bautizó   a Jesús. Vieron dónde pescaban los Apóstoles con el Maestro. Estuvieron en Belén, en Nazaret y en el mar de Galilea. Visitaron la ciudad de Haifa y se bañaron en la playa de Tel-aviv. Para Laura a pesar de algunas trifulcas con su esposo, que siempre perdonaba, disfrutaba muchísimo con su atractivo marido y de ese mundo árabe diferente, cuna del cristianismo, que tanto le había intrigado. Laura era así, quería llegar al fondo de todas las cuestiones existenciales, ella no se podía quedar a medias, cuando algo la inquietaba tenía que llegar a la raíz, y la religión católica siempre le había planteado dudas y para eso había ido a Israel, para conocer de primera mano todos aquellos lugares.
Ya en el viaje de novios, Laura se dio cuenta de cómo su marido atraía a las mujeres, tal vez fuera su pinta de hombre varonil, o tal vez era su mirada profunda e inquietante, que hablaba de cosas desconocidas y que sugerían sensaciones nuevas, sus ojos verdes eran fríos y nunca delataban sus pensamientos, tenían un halo de misterio.  Quizá porque gustaba a las mujeres,  a la vez que la enorgullecía también le inquietaba, porque en más de una ocasión tuvo que hacer uso de todos sus encantos para poder demostrar que Miguel era sólo de ella.  Sobretodo, a dos turistas alemanas que también iban en el tour, que al estar más liberadas sexualmente, no las importaba un comino insinuarse al atractivo Miguel.
Laura había ido virgen al matrimonio como casi todas las españolas de su época, no porque no hubiera tenido ocasión de pecar, ni porque tuviera la libido baja, sino porque era una chica católica, y además el sentido de la honra había pesado en su vida como una losa, y no concebía hacer el amor sino era con su marido. Tal vez esto también fuera lo que más atrajo a Miguel de Laura, que no había sido una chica fácil. La década de los setenta, tenía sus cosas malas y buenas, y una de las malas era que los jóvenes no podían disfrutar del sexo como ahora, principalmente por dos motivos. La naturaleza pesaba más que la ciencia y no era fácil evitar quedarse encinta porque no era fácil conseguir condones, pastillas, diús, ni nada parecido y apenas se sabía nada del ciclo de la mujer y su aplicación a la fertilidad.  El otro motivo, sin duda el que más pesaba era ético.  Si una chica se quedaba embarazada sin casarse, era tachada de mala reputación, y se consideraba la vergüenza de la familia, hasta el punto que, a muchas jóvenes las echaban de casa, porque así se limpiaba la familia de la deshonra que les había traído la hija soltera con el embarazo.
En los quince días de luna de miel por aquellas lejanas tierras, no olvidaron visitar ninguno de los míticos lugares del cristianismo que señala el evangelio, la carpintería de José, el monte de los olivos, Nazaret, Jericó, el castillo de herodes, el monte Sinaí, el mar de Galilea y todos le otorgaban a Laura un significado especial que daba sentido a su fe.
Israel es un país complicado como las gentes que lo habitan, y sobretodo Jerusalén, con cuatro religiones y cuatro idiomas diferentes, es una ciudad donde no se traducen las películas, y donde los letreros anunciadores de las tiendas están cuando menos en tres idiomas, hebreo, árabe, ingles y eventualmente ruso.  Por algún motivo, era donde más extraños se sentían Miguel y Laura. Su estancia allí les empezó a crear situaciones incómodas entre ellos sin ningún motivo aparente, tensiones y distensiones, amores apasionados y largos silencios, que a medida que iban visitando lugares y descubriendo cosas nuevas, quedaban menos entusiasmados y con más ganas de volver a la normalidad.  Quizás por el tiempo insuficiente de convivencia juntos antes de la boda o por exponerse juntos a diversas dificultades creadas, tuvieron un cúmulo de sensaciones propias de un noviazgo más largo y apegado.
Laura y Miguel se conocieron a la puesta del sol en un paseo marítimo de la costa del levante. Cruzaron sus miradas y sintieron un cosquilleo que recorrió sus cuerpos de arriba abajo. Aunque aquella tarde no se hablaron y cada uno se fue por su lado, la flecha de cupido nunca falla, y al día siguiente se volvieron a encontrar en el mismo lugar a las once de la mañana. Sólo entonces se dieron cuenta que había feeling entre ellos, ella iba con una amiga y él iba con un amigo.  Los cuatro pasaron tres maravillosos días, del puente de octubre, bañándose en un mar en calma, y tostándose en sus cálidas playas. Laura vivía en Madrid y Miguel en Barcelona,  pero para cupido no hay nada imposible, ni distancias insalvables.  Y aunque fueron 8 meses de aviones y aeropuertos, finalmente le pidió a Laura que se casara con él.  Ella no estaba segura de casarse tan pronto pero como le quería mucho aceptó su proposición, y a los 2 meses enviaron las invitaciones a la boda.
El trabajaba en un banco y le concedieron el traslado a Madrid y ella era funcionaria en el Ministerio de Cultura.  Los dos trabajaban a media jornada, por lo tanto comían juntos y tenía toda la tarde libre.
Todos los días hacían el amor dos veces, en la siesta y por la noche. Y si él algún día se retraía, ella procuraba que cambiase la situación, como eran jóvenes y además estaban muy enamorados, no resistía las tentaciones que le brindaba su mujer.
Así  pasaron  cinco  años maravillosos casi sin darse cuenta, y seguían en constante Luna de miel.  Eran dos “pura raza” y la atracción era fatal, saltaban chispas. No podían vivir el uno sin el otro, no podían estar cerca sin tocarse, era una atracción superior a ellos que no controlaban.  Esa fuerza de raza podía inclinar la balanza hacia un lado o hacia el otro, era un arma muy peligrosa, y sus noches siempre eran ardientes. Como los dos trabajaban y no tenían hijos, vivían desahogados económicamente. Viajaron por toda España y todo el mundo y todo era como un cuento de hadas.
Laura no podía creerse tanta dicha, un hombre atractivo a su lado y con el cual hacía viajes maravillosos, aunque también regañaban, y esto entristecía a Laura, que no comprendía  por qué queriéndose de aquella manera tuvieran lugar los enfados, pero Laura siempre perdonaba, y así no había caso.
Eran muy felices juntos, pero un día a Laura se le despertó el instinto materno que casi toda mujer lleva dentro, y le surgió la necesidad de tener un hijo, un hijo igual que Miguel.  Una noche se lo dijo a su marido, pero al principio él no dijo nada ni a favor ni en contra, y le seguía el juego.  Pasaron tres meses y no obtuvieron ningún resultado, y Laura veía con disgusto mes tras mes como le bajaba la regla frustrando todas sus ilusiones de ser madre.  Ella con el afán de quedarse embarazada, lo quería hacer a todas horas, y un día en que se fueron a pasar  el domingo al campo lo hicieron hasta seis veces, él estaba agotado, pero su mujer no quería desaprovechar ni un momento de fertilidad de su organismo, y se medía la temperatura por consejo del médico y era tal su obsesión que no pensaba en otra cosa.
Se le iban los ojos detrás de cualquier niño o niña que veía con su madre.  Se paraba para ver su carita y tocarles la cabeza.  No podía, ni quería pensar que ella no podía tener hijos.  Eran los dos sanos y jóvenes ¿por qué ella no se quedaba embarazada como cualquier mujer de su edad?  Tenía sólo veintiséis años, estaban sanos ¿por qué no se quedaba embarazada? soñaba con tener a su niño en brazos y no descansaría hasta lograrlo.   Fue al médico y se hizo análisis y pruebas de todas clases, pero no había evidencia de que hubiera algún problema.

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No hay rosas rojas

Eran las cinco de la tarde de un día de septiembre, la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar de Madrid se había engalanado con flores para el evento, el novio esperaba en el altar algo nervioso. Cuando hizo su entrada la novia todos volvieron la cabeza mientras la marcha nupcial de Mendelssohn sonaba en el gran órgano, despertando, con sus delicadas notas, el hemisferio sensorial de los asistentes. Pareciera que lo estuvieran tocando los mismísimos ángeles. La novia guapísima con la carita dulce, los ojos azules y con la mirada al frente, embargada de una intensa emoción hacía el paseíllo por la alfombra roja hacia el altar. Los ciento trece invitados emperifollados y oliendo a colonia, miraban a la pareja con una leve sonrisa, mientras se acercaban al altar. La ceremonia se desarrolló siguiendo el orden esperado, del protocolo que dicta la Iglesia Católica. Al terminar, la gente estaba emocionada. Siempre se siente una pequeña emoción, cuando se mira a unos novios recién casados, saliendo de la iglesia cogidos del brazo, y convertidos ya en marido y mujer. Aunque también despiertan cierta envidia, sobre todo entre las solteras.

-¡Vivan los novios!

-¡Vivan! -gritaron a la puerta de la iglesia todos los invitados a la ceremonia. A continuación una lluvia de arroz comenzó a caer, sembrando sus cabezas y la de algunos asistentes al enlace. Parabienes y saludos a los recién casados les llegaban de todas partes, sin darles tiempo a asimilarlo. Él presumía de ser un guapo mozo, alto, moreno y con ojos verdes, vestido con traje de alpaca color crema. Ella menos alta, rubia oxigenada, con ojos marrones, nariz respingona y cara redondeada, con vestido blanco largo, corpiño de encaje y velo de tul ilusión, adornaba sus manos un ramo de rosas color salmón. Se metieron en un antiguo coche coupè y salieron camino de ser fotografiados. Mientras los invitados se dirigieron al lugar donde se celebraba el gran banquete. Para rematar, un baile que se prolongó hasta las dos de la madrugada, done el exceso de alcohol y la falta de luz provocaron más de un desliz.

Pasada la media noche los novios se retiraron y comenzaron así su luna de miel. Fue una noche bonita, inexperta ella y poca experiencia él, pero el amor y el deseo fueron supliendo con creces sus torpezas. Poco a poco sin prisas, y con el instinto que da la madre naturaleza, fueron descubriéndose el uno al otro. Ella estaba locamente enamorada de su ya marido, le veía el hombre más guapo y más sexy del mundo. Se le llenaba el alma sólo con mirarle, le gustaba todo de él. Sus manos, su cuerpo, su pelo, su voz. Le gustaba observarle cuando dormía, sentía hacia él una atracción fuera de lo normal, habían sido novios un año y aún no estaba llena de él, ambos sentían una atracción mutua que les desbordaba. Cuando estaban juntos, eran un coktail peligroso, en pocas ocasiones la naturaleza junta a dos personas de similares características. Según le decía ella, “todo es cuestión de piel”.

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Lo siento (II)

Días después, me mandaron a la cárcel, por comprar de manera fraudulenta unos CDs de David Bustamente en unos grandes almacenes.  Cómo iba a saber que te podían condenar a cárcel por pagar con unos billetes “no originales”.  La verdad es que no eran para mí.  Y como no estaba dispuesto a gastar mi dinero en pseudomúsica, imprimí unos billetes que me quedaron bastante bien, pero debe ser que topé con el empleado del mes y me delató.  Si me habían pillado con las manos en la masa, era lógico que me mandasen a la cárcel, con una condena de dos años que estoy cumpliendo religiosamente, aunque a lo mejor, de haber sabido que me podían meter en la cárcel por esto, los habría intentado robar directamente.
Hace unos días tuve una pelea con una interna, porque quería que le dejara mi barra de labios y yo naturalmente me negué, porque antes tengo que saber si esa reclusa no es hipócrita.  Entonces no sé por qué hubo mucho follón en  el patio, total que se organizó una pelea colectiva y vino la Eulalia con el silbato y la porra, una carcelera tipo Arnold Schwarzenegger, que a golpes de porra y toques de silbato resuelve todos los conflictos, como principal implicada me mandó tres días a la celda de castigo, no hace falta que diga que es un zulo pequeño y oscuro donde casi no cabes estirada, pero a mí no me importaba estar allí tranquila durmiendo cinco días,  lo peor para mí era la oscuridad y le dije a la carcelera que me dejara algo de luz, aunque fuese una linterna o una rendija, porque no soporto la oscuridad para dormir, pero ella se negó en redondo y con muy mala leche, me dejó allí sin luz tres largos días con sus interminables noches, y antes de irse me dijo:
-¿Sabes que, pija de mierda?  No me sale los cojones dejarte ni una raya de luz y vas a estar aquí, sin comer ni beber y sin luz los cinco días, por follonera.
Yo me la quedé mirando y antes de cerrar el zulo me miró riendo y con retintín me dijo LO SIENTO.
En esos días ideé un plan que cumplí a rajatabla, me llevó siete días organizarlo, justo el viernes siguiente que me tocó servir la comida, la pobre murió de una sobredosis de cocaína que le eché en el puré de verduras.
Mientras aquí estoy resignada cumpliendo mis tres últimos meses de condena por “robar” unos discos para mi sobrino.
Y es que como se puede decir con la boca LO SIENTO cuando con la cara y los ojos se está diciendo lo contrario.